
Durante siglos caminé por las calles empedradas de Quito envuelta en mi manto negro, apareciéndome entre la neblina y el silencio de la madrugada. Bastaba que un hombre me mirara una sola vez para que olvidara el miedo y comenzara a seguirme. Yo avanzaba despacio, escuchando detrás de mí el eco de sus pasos nerviosos, hasta conducirlo hacia algún barranco, cementerio o hacia las oscuras orillas del Machángara. Allí dejaba caer el velo y mostraba el rostro que escondí durante siglos: una calavera sonriente que todavía conserva algo de la mujer que fui antes de morir. Muchos caían fulminados del susto; otros alcanzaban apenas a gritar antes de desplomarse. Al amanecer aparecían con dos cuernos en la frente y toda la ciudad entendía lo que había ocurrido.
Pero Quito cambió. Los faroles desaparecieron, llegaron las luces LED, los celulares y las redes sociales. La gente ya no camina mirando la neblina; ahora camina mirando pantallas. Y aunque muchos creen que las leyendas murieron con el tiempo, la verdad es otra: simplemente aprendimos a sobrevivir de maneras distintas.
—Usted tiene futuro en la política —me dijo el taxista aquella noche, mientras avanzábamos lentamente por el Centro Histórico—. Mire cómo la sigue la gente en redes sociales. Si se lanza para las elecciones de noviembre, capaz hasta gana una vocalía en el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social.
Lo miré en silencio desde el asiento trasero.
Pobrecito.
No sabía con quién hablaba.
La idea comenzó a perseguirme durante varios días. Y, pensándolo bien, el hombre tenía razón. Después de tantos siglos apareciéndome en callejones oscuros, asustando borrachos y haciendo desmayar infieles, tal vez había llegado el momento de modernizarme. Además, en estos tiempos la gente ya no teme a las almas en pena… teme más a los políticos.
Debo admitir que el cargo me interesó inmediatamente. ¿Control social? ¿Fiscalización? ¿Vigilar a los vivos? Nadie conoce mejor los pecados humanos que yo. Llevo siglos observando promesas incumplidas, juramentos falsos e infidelidades.
Poco a poco tuve que cambiar mi apariencia. Ya no podía recorrer Quito envuelta únicamente en el antiguo manto negro con el que aparecía entre la neblina del Panecillo. La política exige otro tipo de fantasmas. Mi asesor de imagen insistió en que debía verme “más cercana a la ciudadanía”. Cambié el velo por trajes oscuros bien entallados, pañuelos elegantes y tacones que resonaban con autoridad sobre las baldosas del Municipio. Me maquillaban durante horas para cubrir la palidez que todavía se aferraba a mi rostro. El problema eran mis ojos. Según la maquilladora, “miraban demasiado al más allá”. Tuvieron que ponerme pestañas postizas, iluminador y lentes de contacto color miel para que dejara de parecer recién salida del cementerio de San Diego.
El dinero para la campaña nunca me preocupó demasiado. Después de todo, llevo siglos heredando fortunas de maridos difuntos, admiradores desesperados y caballeros imprudentes que juraban amarme hasta la muerte y cumplían la promesa más rápido de lo esperado. Con el tiempo aprendí a administrar bienes, comprar propiedades y mover discretamente algunas cuentas olvidadas antes de caer en mis manos.
Pero debo reconocer que el verdadero negocio llegó con la modernidad. Mientras otros fantasmas seguían asustando gente en los caminos, yo aprendí de inversiones, bienes raíces y criptomonedas. Una bruja de Guápulo me enseñó a manejar cuentas digitales y un banquero bastante nervioso terminó explicándome cómo funcionan los paraísos fiscales una noche en que casi se desmaya al verme sin maquillaje. Desde entonces diversifiqué mis ingresos: tengo propiedades en Madrid y Miami, una casa en Londres, inversiones en Dubái y una pequeña fortuna guardada en criptomonedas que manejo únicamente después de medianoche.
Por eso, cuando decidí lanzarme a la política, el presupuesto de campaña fue el menor de mis problemas.
Abrí cuentas en TikTok, Facebook e Instagram. Contraté un community manager que casi renuncia el día en que aparecí flotando accidentalmente durante una transmisión en vivo. Mandé a imprimir afiches por todo Quito con el lema:
—“La Viuda: experiencia de ultratumba al servicio del país”.
Y debo reconocer que la campaña fue un éxito.
Los hombres volvieron a seguirme, igual que antes, solo que ahora no lo hacían por callejones oscuros, sino en caravanas, mítines y transmisiones en vivo. Algunos hasta lloraban cuando les daba la mano. Claro, pocos notaban que la temperatura descendía bruscamente cada vez que me emocionaba en los discursos.
En los barrios aprendí rápidamente las reglas de la política moderna: abrazar niños, comer fritada frente a las cámaras y prometer cambios imposibles con absoluta serenidad. Una tarde, incluso, se me cayó accidentalmente el velo durante una entrevista y un periodista alcanzó a ver parte de mi calavera.
Por suerte creyó que era maquillaje artístico.
Mi jefe de campaña me pidió parecer más cercana al pueblo.
—Trate de no hablar de cementerios en televisión.
—¿Y del Machángara?
—Peor todavía.
—¿Y si prometo acabar con la corrupción?
—Eso siempre da votos —me respondió.
Las encuestas comenzaron a subir. Algunos decían que yo tenía “mano dura”. Otros aseguraban que mi mirada transmitía autoridad. Hubo incluso quienes afirmaban que, comparada con ciertos candidatos, yo parecía la opción menos aterradora.
La noche del cierre de campaña recorrí nuevamente el Centro Histórico. Las luces modernas iluminaban las calles donde siglos atrás aparecía cubierta por la neblina. Por un instante sentí nostalgia. Antes los hombres corrían al descubrir que yo era la muerte. Ahora, en cambio, me pedían selfies, me aplaudían y hasta querían votar por mí.
Y fue entonces cuando comprendí algo que debí descubrir hace siglos: las leyendas y la política se parecen más de lo que imaginaba. En ambas, los hombres terminan siguiendo voluntariamente aquello que después habrá de asustarlos.
Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.
