Esta historia la escuché de mi tío, cuando regresó de un viaje a Mira, un pueblo de la provincia del Carchi donde, según dicen, hay brujos de toda clase. La primera bruja con la que se encontró fue una muchacha que atendía en el albergue donde se detuvo a comer. La joven mantenía una relación amorosa con otro hombre, a espaldas de su marido. Pero cuando este apareció de improviso, ella levantó apenas el dedo índice, de arriba hacia abajo, y el muchacho se convirtió en gallo delante de todos. Mi tío juraba que jamás olvidó ni el sonido de las plumas rozando el suelo ni la tranquilidad con que aquella mujer siguió atendiendo la cena, como si transformar personas en animales fuera la cosa más normal del mundo.

Dicen que una bisnieta de esa bruja vive ahora en Quito. A diferencia de su antepasada, no está casada, aunque desde hace años convive con su novio en un departamento moderno de la González Suárez, de esos edificios altos con ventanales enormes desde donde la ciudad parece un puñado de luces suspendidas entre la neblina.

La joven atiende un elegante bar ubicado justo al pie del edificio donde vive. El lugar se llama El Eclipse y permanece abierto hasta la madrugada. Tiene luces cálidas, sillones oscuros, una barra larga de mármol negro y estanterías llenas de botellas importadas que brillan bajo una iluminación cuidadosamente tenue. Siempre suena jazz suave, aunque cerca de las dos de la mañana la música cambia y todo el lugar parece entrar en una especie de somnolencia elegante.

Allí suele reunirse gente con muchísimo dinero. Legisladores que pasan horas hablando sobre la situación del país mientras prueban whisky importado. Empresarios que llegan hablando por tres celulares al mismo tiempo y que, curiosamente, siempre bajan la voz cuando alguien menciona al SRI. También aparecen políticos que conversan de elecciones, alianzas y estrategias como si el destino nacional pudiera resolverse cómodamente desde un sillón de cuero.

Los jueves llegan los jueces, mirando hacia todos lados antes de entrar, como si estuvieran asistiendo a una reunión secreta. Piden el vino más caro, hablan en voz baja y nunca dejan ciertos sobres demasiado tiempo sobre la mesa.

La bruja, hermosa y discreta, se encarga de revisar que todo funcione bien en el bar: que nadie espere demasiado por su pedido y que los meseros no confundan un vino francés con uno chileno del supermercado. Casi no habla con los clientes. Prefiere mantenerse detrás de la barra o caminar entre las mesas con esa calma elegante que llama la atención sin proponérselo.

Si algún hombre intenta coquetearle, ella responde con una sonrisa breve, de pura educación, y eso basta para desanimar a la mayoría.

Pero con los insistentes actúa distinto.

Los invita discretamente a una pequeña habitación junto al pasillo del local: la bodega donde guardan el licor. Allí, según cuentan los empleados, la joven deja que el atrevido le abrace la cintura, creyéndose protagonista de telenovela turca. Entonces ella levanta lentamente el dedo índice y lo mueve despacio, de arriba hacia abajo, con una serenidad que da más miedo que cualquier grito.

Y ahí comienzan los problemas.

A los infieles los convierte en gallos grandes y escandalosos, incapaces de quedarse quietos cuando ven pasar una falda.

A los corruptos los transforma en roedores gordos que pasan la noche husmeando debajo de las mesas VIP, buscando qué pueden llevarse sin dejar rastro.

A ciertos políticos los convierte en loros que repiten las mismas frases durante horas:

—¡El pueblo primero!
—¡Transparencia!
—¡Cambio verdadero!

Y a algunos jueces… bueno… dicen que los transforma en sapos. Se quedan inmóviles junto a las macetas, inflando la garganta cada vez que ven acercarse un sobre sospechosamente grueso.

Solo cuando el bar cierra y las últimas copas vacías quedan sobre las mesas, la muchacha hace el recorrido final por el local. Apaga algunas luces, revisa la caja y luego vuelve a mover el dedo, despacio, de arriba hacia abajo.

Y poco a poco los gallos pierden las plumas, los roedores recuperan las corbatas, los loros vuelven a hablar de democracia y los sapos regresan a ser jueces respetables. Todos despiertan confundidos, despeinados y con una extraña sensación de vergüenza que jamás logran explicar del todo.

La historia de la bruja y los escarmientos que da a los atrevidos comenzó a esparcirse por toda la ciudad. Primero la contaron los meseros, luego los guardias del edificio, después los taxistas y finalmente media González Suárez.

Ahora los caballeros que visitan El Eclipse se comportan con una prudencia admirable. Nadie se atreve a coquetear demasiado con la muchacha. Los políticos hablan menos, los jueces mantienen las manos visibles sobre la mesa y más de un empresario, antes de pedir otra copa, mira de reojo que no haya maíz regado cerca de su asiento.

 

Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
  • mailelmundodelareflexion@gmail.com
  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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