
En aquel Quito de sombras y campanas, donde el misterio aún pagaba arriendo en el Centro Histórico, las brujas de San Roque aguardaban la luna tierna para adueñarse del aire. Montadas en escobas de chilca y cabuya, cruzaban el cielo de balcones torcidos, rozando las cúpulas de Iglesia de San Francisco y mirando de lejos a El Panecillo, mientras su mantra —«¡De valle en valle! ¡De villa en villa! ¡Sin Dios ni la Virgen María!»— despertaba a los borrachitos que dormitaban en las veredas. Su destino era siempre el puente del Vado en Cuenca, donde las Zaldúas las esperaban para intercambiar secretos ancestrales.
Un día, cinco brujas, cansadas de tanto viaje largo hasta Cuenca y de tanto intercambio de pócimas transprovinciales, resolvieron darse una vuelta por el casco viejo de Quito, como cualquier vecina respetable que sale a ver vitrinas, criticar arreglos urbanos y comprobar si ya terminaron la obra prometida hace tres administraciones.
Aquella noche no bajaron en la Plaza Grande, donde siempre hay demasiados ojos y muy poca magia, sino en La Ronda, que brillaba entre faroles, balcones y guitarras como si el pasado cobrara entrada. Querían caminar un poco, mezclarse entre la gente y estirar las piernas, aunque ninguna mujer que aterriza en escoba pasa desapercibida.
Una compró morocho con empanada; otra pidió espumilla, y la más anciana encargó un canelazo sin canela, sin azúcar y sin preguntas. El vendedor la quedó mirando un segundo, hizo la señal de la cruz por debajo del mostrador y, por prudencia, se lo sirvió nomás.
Recorrieron las calles y vieron a turistas perdidos buscando la Basílica del Voto Nacional con el mapa al revés, parejas tomándose fotos junto a puertas antiguas como si fueran portada de novela y músicos con más entusiasmo que afinación.
Disfrutaron de la noche y cuando intentaron despegar, apareció un policía nacional con linterna brava y libreta lista para facturar. Miró las escobas estacionadas y dijo:
—A ver, a ver… ¿y este relajo qué mismo es?
—Nada, oficial —respondió la más joven—. Ya mismito nos vamos.
—¿Nos vamos cómo? ¿En eso?
—Claro. ¿No ve que es escoba premium? Rinde full y parquea donde sea.
El policía carraspeó, se acomodó la gorra y tomó tono de oficina.
—Documentos, cédula, papeleta de votación y matrícula de los vehículos… rapidito, por favor.
—¿Vehículos? —saltó la anciana—. Esto es patrimonio cultural, mijito.
—Patrimonio o no patrimonio, si tiene mango y mueve gente, aquí cuenta como transporte.
—Entonces multe también al coche de la señora de las frutas, que está a la vuelta y baja más rápido que un Uber.
El oficial iluminó una escoba con la linterna.
—Esta llanta está lisa, vea.
—Es escoba, no tiene llanta, dijo una de las brujas.
—Peor todavía. Infracción grave.
Se acomodó la gorra y empezó a enumerar cargos como quien canta pasillo:
—Primero: estacionamiento indebido en zona patrimonial.
Segundo: intento de despegue sin autorización.
Tercero: contaminación sonora por cánticos raros.
Y cuarto… —aspiró el aire con gesto técnico— …presunto estado etílico colectivo.
—¿Y eso por qué? —preguntó una Zaldúa recién llegada de Cuenca.
—Porque desde la esquina se siente tufo a canelazo.
—Era medicinal para el frío, no sea malito.
—Sí, claro… y yo soy Julio Jaramillo.
Los curiosos comenzaron a rodearlos. Un turista preguntó si era performance. Un vendedor respondió que no, que era control rutinario.
El oficial tomó el radio.
—Central, central… requiero apoyo urgente en La Ronda. Tengo cinco ciudadanas sospechosas, varias escobas en actitud evasiva y una me está mirando feísimo.
Hubo silencio. Luego una voz respondió:
—¿Confirma escobas?
—¡Afirmativo! Y una parece tuneada, en serio.
—Recibido. Enviamos unidad.
A los pocos minutos apareció el patrullero. Bajaron dos policías más. El primero miró la escena y murmuró:
—Chuta… yo pensé que se trataba de una pelea.
El segundo se persignó sin disimulo.
El oficial principal anunció:
—Quedan aprehendidas para investigaciones, por presunto consumo de alcohol en vía pública, alteración del orden, desacato verbal y tentativa de fuga aérea.
No les dieron tiempo ni para protestar. Les decomisaron las escobas como evidencia y las hicieron subir al patrullero. Iban tan apretadas como mercado en víspera de feriado.
La más joven miró el asiento, fingió una sonrisa y dijo en voz alta:
—Capaz que esto es servicio ejecutivo y después nos cobran aparte por el equipaje… digo, por las escobas.
La más anciana se acomodó el chal sobre los hombros y respondió con serenidad:
—Tranquila, hija. Peores transportes hemos tomado. ¿Ya se olvidaron del bus a Calderón en hora pico?
Se hizo un silencio inmediato y respetuoso. Nadie discutió aquello.
Cuando el patrullero pasó por San Roque, varios vecinos asomaron la cabeza por balcones y ventanas, porque en el barrio una sirena siempre llama más rápido que una campana. Empezó enseguida el comentario barrial, puntual como reloj de chisme:
—¡Oigan, se llevaron a las comadres!
—Seguro por volar sin licencia.
—De ley no tenían SOAT para escoba.
Llegaron a la unidad policial y las pusieron en fila para registrar datos. Un escribiente con sueño empezó el trámite.
—Nombre.
—María de los Remedios del Espanto.
—Edad.
—La necesaria.
—Ocupación.
—Bruja, pues.
El hombre pensó dos segundos y escribió: emprendedora autónoma del sector artesanal.
Siguió con la siguiente.
—Nombre.
—Rosa del Mal Aire.
—Ocupación.
—Lectora de cartas, limpias energéticas y asesoría sentimental, vea.
Escribió: consultora independiente.
A la tercera le preguntó el estado civil.
—Más enredado que novela larga, mijito.
El escribiente ni pestañeó. Anotó: unión libre y siguió con las restantes.
Y justo cuando iban a tomarles las huellas, la más anciana sonrió despacito.
—Siga nomás, oficial… que lo mejor recién empieza.
En ese instante se apagaron las luces de la unidad. Cuando volvieron, las celdas estaban vacías, las escobas habían desaparecido y sobre el escritorio del jefe de turno humeaban cinco vasos de canelazo.
Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.
