Que quede claro desde el principio: los muertos también tenemos obligaciones.
La gente cree que uno, después de abandonar este mundo, se dedica únicamente a arrastrar cadenas, aparecer en corredores oscuros, gemir junto a una ventana y asustar peatones en luna llena. ¡Qué visión tan anticuada! Hoy las ánimas trabajamos, asistimos a reuniones, cumplimos horarios y hasta participamos en cursos de actualización.
Ayer, por ejemplo, yo debía llegar con puntualidad al Primer Congreso Nacional de Apariciones, Espantos y Presencias Persistentes, convocado por la Junta Sobrenatural de Ánimas y Aparecidos de la provincia de Pichincha. La sede sería una casona antigua del centro histórico, donde hasta las paredes todavía crujen.
El programa era exigente: técnicas modernas de desvanecimiento, administración correcta de cadenas, nuevas formas de gemido urbano, ética del susto responsable y un taller avanzado sobre cómo atravesar paredes patrimoniales sin causar daños estructurales.
Yo no podía faltar.
Salí temprano y decidí tomar el Metro de Quito, porque incluso los difuntos valoramos la puntualidad. Debía ingresar sin pagar, desde luego, porque hay privilegios que la muerte concede.
Todo iba en orden hasta que llegué a la parada del metro y me encontré con una escena absurda: las puertas no se abrían. Permanecían cerradas, inmóviles, como si hubieran decidido declararse en huelga.
Al principio nadie entendía nada. Algunos pensaron que era una demora breve. Otros miraban el reloj con paciencia todavía humana. Pero los minutos comenzaron a pasar y la paciencia se evaporó como café caliente.
Allí quedamos amontonados vivos impacientes, estudiantes medio dormidos, oficinistas furiosos y yo, alma en pena de larga trayectoria, perdiendo la compostura.
Una señora golpeaba el vidrio con la cartera y repetía que llegaría tarde al trabajo. Un joven grababa videos para las redes. Un señor caminaba de un lado a otro como tigre enjaulado. Dos estudiantes discutían si era falla técnica, sabotaje o castigo divino.
Un guardia intentaba explicar algo con voz cansada, pero entre reclamos, murmullos y celulares sonando nadie escuchaba ni entendía nada. Cada quien inventaba su propia versión. Que se cayó el sistema. Que no había energía. Que alguien dañó un botón. Que el metro estaba embrujado.
Esto último me pareció una falta de respeto profesional.
Yo miraba la hora con angustia espectral. La inauguración ya debía haber empezado. Luego debió haber terminado la primera ponencia. Después, seguramente, ya estarían sirviendo el café negro y las galletas de osamenta.
Las puertas recién se abrieron horas después, cuando la indignación ya estaba madura y varias gargantas se habían quedado sin reclamos. La multitud entró de golpe. Yo avancé entre empujones, atravesando cuerpos, porque la urgencia así lo exigía.
Corrí —o lo más parecido a correr que puede hacer un ánima— hasta la casona del centro histórico.
Cuando llegué, todo había terminado.
Las velas estaban apagadas. Las sillas vacías. En una mesa quedaban migas del refrigerio y unos diplomas sobrantes. En el corredor sonaban ecos lejanos de cadenas despidiéndose.
Solo encontré a un Ánima de Sangolquí, quien había presidido la mesa principal y guardaba las actas del evento dentro de una carpeta color sepulcro.
Me miró de arriba abajo con fría solemnidad.
—Qué puntualidad la suya.
—No fue culpa mía —respondí agitado—. El Metro de Quito no abría las puertas. Nos tuvo atrapados horas enteras. Hubo caos, gritos, confusión...
El ánima acomodó sus lentes invisibles y me observó con incredulidad.
—¿Puertas que no se abren? ¿Y usted, siendo fantasma, no pudo atravesarlas?
Me quedé mudo.
—Bueno... eran puertas automáticas. Uno también respeta la tecnología.
El de Sangolquí soltó una risa seca, de esas que parecen bisagra oxidada.
—Mire, compañero, excusas creativas escucho desde 1800. La próxima vez invente algo mejor: posesión demoníaca, eclipse espiritual, ataque de perros que ven muertos... pero lo del metro no se lo cree nadie.
Sacó una pluma negra y mientras escribía, decía:
—Queda sancionado. Durante quince noches deberá penar en los alrededores del redondel de El Ciclista con chaleco reflectivo. Y además asistirá al curso obligatorio: Puntualidad y responsabilidad para espectros contemporáneos.
Firmó con tinta de sombra, dobló el documento y me lo entregó.
Salí de la casona totalmente humillado, con la sanción bajo el brazo y la dignidad arrastrando.
