Dorys Rueda

Abril 19, 2026

 

El arcoíris amaneció descolorido, con la franja roja en huelga y la violeta pidiendo licencia médica. No era para menos: el Municipio de Otavalo le había enviado una notificación urgente para que regularizara, de inmediato, su permiso ambiental si quería seguir apareciendo sobre cerros, lagunas, techos recién mojados y fotos familiares después de cada lluvia.

La citación llegó en sobre manila, con sello, firma y tres copias. Decía que, según nuevas ordenanzas, ningún fenómeno atmosférico podía manifestarse dentro del cantón sin la documentación en regla.

Cuando acudió a la ventanilla única, le entregaron una carpeta tan gruesa que perdió dos tonos al cargarla. Allí constaban los requisitos:

  • Solicitud dirigida a la señora alcaldesa, escrita con letra legible y sin gotas.
  • Copia a color de la cédula celestial y certificado de votación meteorológica.
  • Estudio de impacto visual para determinar si tanto color no distraía a los conductores.
  • Informe técnico que garantizara que la curva no invadía espacio aéreo municipal.
  • Plan de manejo de lluvias, truenos y nubosidad asociada.
  • Certificado de buen uso del agua y la luz.
  • Croquis de apariciones habituales, con puntos cardinales y referencias cercanas.
  • Tres fotografías tamaño carnet, de frente, perfil y semicurva.
  • Certificado emitido por aves migratorias donde constara que no obstaculizaba rutas internacionales.
  • Pago de tasa administrativa en ventanilla 7, que solo atendía los martes de 09:00 a 09:30.

El arcoíris preguntó si podía hacer el trámite en línea.

La funcionaria ni siquiera levantó la vista y dijo:

—Sí, claro. Solo que debe sacar clave presencialmente.

Luego lo enviaron a Ambiente, después a Riesgos, luego a Turismo —porque consideraban que era atractivo natural— y finalmente a Cultura, donde discutían si debía ser declarado patrimonio intangible.

En cada oficina le pedían un documento distinto. En una le exigieron certificado de autenticidad, pues sospechaban que algunos arcoíris eran filtros digitales. En otra, una inspección de campo para comprobar que sus siete colores seguían completos y en orden.

—Falta el índigo —dijo un técnico revisando la lista.

—Es que a casi nadie le gusta —respondió el arcoíris, bajando la mirada.

Le hicieron regresar otro día porque faltaba una copia del estudio de refracción de la luz, apostillada y en carpeta azul cielo. Cuando volvió, le informaron que ahora la carpeta correcta era verde esperanza.

Agotado, el arcoíris salió de la municipalidad arrastrando sus colores. Desde entonces aparece menos.

Y cuando sale, ya no dura mucho.

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
  • mailelmundodelareflexion@gmail.com
  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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