A mí nunca me gustaron las casas donde huele a sopa recién hecha. No porque la sopa fuera mala, sino porque allí vivían las abuelitas y ellas nunca me tuvieron miedo.

Aquella noche entré por la ventana de una casa a las afueras de Otavalo.

La casa dormía a medias, como si no terminara de confiar en la oscuridad: algunas luces seguían encendidas, tímidas, dejando sombras largas en las paredes.

En el centro de la sala, una abuelita se mecía despacio, adelante y atrás, como marcando el pulso del tiempo. Tejía un saco con los agujones que brillaban bajo la luz amarilla. No levantó la vista cuando entré. Continuó tejiendo, tranquila, como si las sombras también fueran parte de la casa.

Yo me detuve un instante. No era común que alguien me recibiera así: sin sobresalto, sin apuro, sin miedo. Aquella abuelita no tejía solo lana; tejía silencio, paciencia y una calma tan firme que hasta yo, el Cuco, dudé si debía seguir avanzando.

—Si vienes por el niño —dijo sin mirarme—, ya está dormido.
—Y si vienes por mí —añadió—, toma número. Hoy no atiendo sustos de emergencia.

Me detuve en seco.

Yo era el Cuco. El de toda la vida. El que se nombraba en voz baja. El que no pedía permiso para entrar.

—No vengo por usted —aclaré, ofendido pero procurando mantener la compostura—. Solo estaba pasando, nada más.

La abuelita alzó apenas una ceja, como quien ya escuchó esa excusa demasiadas veces en la vida.

—Ajá —respondió, sin apuro—. Igualito que el lobo de la Caperucita.

Le brillaron los ojos, no de miedo, sino de picardía.

—Mucho colmillo, mucho cuento —añadió—. Mucha fama de feroz y al final, pura caminata por el bosque, con hambre y sin almuerzo.

Eso fue un golpe bajo.

Me acerqué con cuidado. Ella seguía tejiendo, como si yo fuera un vecino que llegó sin avisar.

—Antes —continuó— bastaba decir tu nombre para que los guaguas comieran la sopa. Ahora ni caso. Les dices “viene el Cuco” y te preguntan si tiene canal en YouTube.

—No es culpa mía —me defendí—. Yo sigo siendo el mismo de siempre.

Por fin me miró. De arriba abajo, sin miedo y con ojo crítico.

—Ese es el problema, mijo —dijo—. Tú sigues igualito. Como el lobo: mismo abrigo, mismas mañas… pero los tiempos cambiaron.

Se levantó despacio y fue a la cocina. Pensé que volvería con una escoba, un rezo o una chancla, que es peor. Regresó con una taza de café.

—Siéntate —ordenó—. Pareces cansado.

—Y flaco —añadió—. El lobo, al menos, comía mejor.

Nunca nadie me había ofrecido café, ni me había comparado con el lobo de la Caperucita Roja.

¡Todo en una sola noche!

—Yo asustaba porque me necesitaban —dije, tomando la taza—. Ahora ya no sé para qué sirvo.

La abuelita se acomodó en la mecedora.

—Ay, Cuquito —dijo—. A mí también me usaron para asustar. “Si no te portas bien, te dejo donde la abuela”. Y mira tú: aquí sigo, dando café a los monstruos.

Reí. Una risa breve, un poco oxidada.

—El miedo cambia de disfraz —continuó—. Antes eras tú. Después fue la oscuridad. Luego las noticias. Ahora el WiFi que se cae.

Como para demostrarlo, apagó la luz del pasillo.

—¿Ves? —dijo—. Todavía tienes competencia.

Desde el cuarto llegó la respiración tranquila del niño dormido, ajeno al lobo, al Cuco y a cualquier otro espanto con mala reputación.

—¿Te vas a quedar? —preguntó la abuelita.

Asentí.

—Entonces nada de soplar ni enseñar los dientes —advirtió—. Para miedos de verdad, con los delincuentes de la vida real nos alcanza y nos sobra.

Me quedé.

La abuelita me alcanzó una frazada y me señaló el colchón bajo la cama, como si alojar Cucos fuera cosa de todos los días.

Me acomodé allí y, sin soplar ni mostrar los dientes, me dejé vencer por el sueño, arropado por una manta y por la certeza de que, al menos esa noche, no era necesario asustar para ser aceptado en una casa.

 

Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.

 

 

 

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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