El duende del teatro Apolo en Otavalo no tenía suerte. Desde que cerraron el teatro, su vida se convirtió en un auténtico drama sin acción. Ya no podía saltar entre las butacas ni esconderse tras las cortinas para asustar a los desprevenidos espectadores. ¡Y, lo peor de todo, ya no podía tocar los tobillos de las niñas de cabello largo y negro! La rutina diaria lo estaba volviendo loco.
Una noche, mientras recorría las calles desiertas de Otavalo, aburrido y sin rumbo, se cruzó con su viejo camarada, el temido duende de la antigua fábrica La Joya. Al ver el rostro desanimado del duende del teatro, su amigo le dijo:
¡Es hora de regresar a las travesuras, pero con un toque moderno!" Y, con una sonrisa maliciosa, le entregó un artefacto.
"¿Qué se supone que es esto?" preguntó el duende del teatro, observando el objeto con desconcierto. "¿Una pistola? ¿O tal vez una varita mágica?"
"Es un celular", explicó el duende de La Joya, soltando un bufido. "No te asustes tanto; los humanos lo usan todos los días. Te enseñaré cómo funciona y con este aparato, te convertirás en un verdadero maestro de la picardía".
En un abrir y cerrar de ojos, el duende comenzó a trastocar las alarmas de los celulares. A unos les adelantaba la hora como si estuvieran en París, despertándolos justo cuando los parisinos comenzaban su día; a otros se la atrasaba como si vivieran en Tokio, haciéndoles perder horas sin darse cuenta.
A algunos les ponía la hora de Nueva York, obligándolos a levantarse en plena madrugada, convencidos de que ya era tarde para empezar. A los más distraídos les cambiaba la hora por la de China, dejándolos tan desorientados que no sabían en qué momento del día se encontraban. Y a otros les ajustaba el reloj según la hora de Australia, confundiéndolos tanto que no sabían si era mañana o tarde.
El caos al día siguiente fue inevitable. Algunos se despertaron demasiado temprano, desconcertados por lo que marcaba el celular; otros llegaron tarde a sus trabajos o compromisos, sin entender por qué el reloj les había jugado una mala pasada.
Las calles de Otavalo se llenaron de personas apresuradas y desorientadas, corriendo para recuperar el tiempo perdido. Niños aún en pijama caminaban presurosos hacia la escuela, mientras los conductores tocaban las bocinas, confundidos por los relojes desajustados.
Desde una ventana, una señora gritaba con sorpresa:
—¡¿Cómo puede ser que ya sean las diez de la mañana?!
En el mercado, los vendedores discutían si eran las ocho o las nueve. Un hombre, parado en la esquina, observaba su celular con asombro. Otro que pasaba junto a él, al notar su desconcierto, le decía:
—No te preocupes, yo tampoco entiendo qué hora es.
Desde su escondite, el duende contemplaba el alboroto con una sonrisa traviesa, deleitándose con el caos que había desatado.
Dorys Rueda, Cuentos: Entre Leyendas y Sonrisas, 2026.
