
El fantasma había vivido siglos en el antiguo Mercado 24 de Mayo, en pleno corazón de Otavalo. Habitaba una casa vieja, escondida entre los portales. Cuando el mercado se fue, él no se marchó. Permaneció allí, como si su existencia estuviera tejida al recuerdo del sitio. Porque aunque los toldos se levantaron y los comerciantes se dispersaron, bajo las losas aún late, imperceptible, el antiguo espíritu del mercado.
Sin embargo, cada noche se lamentaba en silencio por no lograr asustar a quienes se atrevían a pasar por allí. Flotaba en su túnica blanca y rota, arrastrando cadenas oxidadas que apenas producían sonido. A veces se deslizaba por los pasillos con una vela temblorosa en la mano, cuya luz vacilante apenas iluminaba su figura. Pero nadie parecía notarlo. Los habitantes de Otavalo seguían su camino sin inmutarse, ignorando por completo su presencia espectral.
Desesperado, decidió hacer algo radical: ¡gritar!
Una noche se le plantó enfrente a una mujer que regresaba a su casa mientras escribía en una pequeña libreta que sostenía con delicadeza. Caminaba despacio, como quien escucha lo que piensa. Tal vez anotaba ideas para un cuento; tal vez rescataba una leyenda que se negaba a desaparecer.
En ese momento soltó su mejor grito:
—¡BOO!
La mujer levantó la mirada, lo observó apenas un segundo y frunció el ceño.—¿Eso es todo? Parece más un bostezo que un susto.
Y siguió su camino. No dejó de escribir. No apuró el paso.
Dolido en su orgullo, el fantasma perdió la compostura. Giró en el aire, agitó las cadenas e intentó una pirueta dramática que terminó pareciendo más un trompo sin rumbo que una aparición temible.
—¡Ni un “ay” me regaló! —gimoteó, justo antes de estrellarse de bruces contra una de las enormes lunas decorativas instaladas en la Plaza Cívica.
Rebotó con la dignidad y se deslizó lentamente hacia el suelo, murmurando algo sobre lo injusto que es el arte urbano para los no corpóreos.
Esa noche se encerró en su rincón, abrazado a su vela apagada y escribió en su diario de lamentos:
“Día 347 sin asustar a nadie. Fui ignorado por una escritora. Tal vez deba aceptar que lo mío no es el miedo”.
Decidió entonces darse un respiro y entregarse a los pequeños placeres que solo la noche sabe ofrecer: contemplar las luces del alumbrado, que titilaban cansadas como párpados que se resisten al sueño o seguir con la mirada a los gatos que cruzaban la plaza solitaria con la gracia altiva de quienes desfilan por un mundo que solo ellos comprenden.
Pero, entre una contemplación y otra, empezó a notar señales que lo inquietaban. En los rincones más oscuros se reunía gente indeseable a beber sin respeto y, más de una vez, vio a pillos seguir de cerca a transeúntes desprevenidos, con intenciones nada santas.
La Plaza Cívica —ese rincón sereno que tanto amaba, su refugio de memorias y brumas— se estaba llenando de sombras ajenas. Y lo peor: no eran suyas.
Fue entonces cuando lo pensó en voz alta, aunque nadie pudiera oírlo:
—Esta plaza necesita a alguien que la cuide. Y yo estoy disponible las veinticuatro horas, sin sueldo, sin feriados y sin miedo.
Se inscribió en un curso en línea titulado “Seguridad Ciudadana”, promovido por la Cámara de Comercio de Otavalo para reforzar la vigilancia en los negocios del centro. Como el formulario no contemplaba la opción “fantasma”, se registró como “ciudadano con vocación de servicio”.
Completó las clases nocturnas desde una laptop olvidada en una oficina cerrada desde la pandemia. El aparato, milagrosamente, aún tenía batería y una tecla “enter” algo floja. Para manejarla, el fantasma deslizaba las teclas con suaves toques de energía ectoplásmica y, cuando eso fallaba, soplaba con precisión hasta que el cursor obedecía.
Aprobó con honores. Incluso recibió una insignia virtual que imprimió en papel transparente y colgó simbólicamente en la pared de su rincón encantado.
Como todo vigilante que se respeta, actualizó su vestuario. Guardó la túnica blanca y desgastada y se confeccionó un uniforme nuevo: camisa negra que flotaba impecable, gorra bordada con las iniciales PCO, un cinturón imaginario con linterna que no alumbraba pero imponía respeto y una placa hecha con papel aluminio del más allá.
Empezó a patrullar con estilo. Se deslizaba por los portales con aire de autoridad fantasmal, como quien sabe que la noche también necesita orden. Llevaba un silbato al cuello, un cuaderno de observaciones que flotaba a su lado y un termo invisible de café que nunca se enfriaba.
A los pillos les soplaba en la nuca con precisión milimétrica y les susurraba advertencias que sonaban entre amenaza y consejo maternal. Muchos huían sin mirar atrás, santiguándose con torpeza y jurando no volver ni de día.
La gente buena, en cambio, podía caminar tranquila. Los vecinos del Barrio Central comenzaron a apreciarlo. Ya no le temían: le guiñaban un ojo, le hacían un gesto con la cabeza, lo incluían en sus conversaciones como si fuera un viejo conocido que nunca se fue.
Algunos le llevaban ofrendas simbólicas: flores colocadas con respeto, tapitas de botellas en forma de estrella, papelitos con mensajes de cariño. Una señora le obsequió una bufanda con los colores de la bandera de Otavalo, tejida por sus propias manos, acompañada de una nota: “Por si en algún momento siente frío”.
Una niña colgó en una de las puertas de los portales un cartel que decía: “Gracias, Don Fantasma, por cuidar a mi mami cuando regresa del trabajo”.
Desde entonces, nadie volvió a preguntarse si el fantasma del antiguo Mercado 24 de Mayo existía o no. No hacía falta verlo. Bastaba con sentir cómo la plaza, al caer la noche, respiraba más tranquila.
Dorys Rueda, Cuentos: Entre Leyendas y Sonrisas, 2026.
