Fuente oral: Patricia Cajas
Recopilación: Dorys Rueda
Junio, 2018
 

 

En Ecuador no son tan comunes los relatos sobre respiraciones misteriosas tras las puertas, pero en provincias como Esmeraldas y Manabí se cuenta que, durante las noches más silenciosas, cuando todo queda en calma, puede escucharse una respiración pesada justo al otro lado de la puerta.  Estos fenómenos suelen ocurrir en casas o cabañas aisladas y la recomendación habitual es rezar para alejar cualquier posible amenaza.

La historia que voy a compartir con ustedes me la contó una colega de la universidad y dice así:

En mayo de 1995, cuando tenía 17 años y cursaba el sexto curso del Bachillerato, se organizó, como era tradición en los colegios de Quito, un paseo de despedida al finalizar el año escolar. En nuestro caso, el destino elegido fue Tonsupa, una playa tropical de brisa cálida, mar agitado y noches acompañadas por el canto de los animales nocturnos. La expectativa era enorme: días de sol, mar y mucha diversión con mis amigas. Sin embargo, nunca imaginé que este paseo me dejaría una experiencia que llevaría conmigo para siempre.

Siempre he tenido la costumbre de dormir con la puerta de mi habitación cerrada con seguro, un ritual que me brinda una sensación de protección, como si esa simple acción me alejara de cualquier amenaza que pudiera perturbar mi tranquilidad. En el paseo no iba a ser diferente. A pesar de compartir la cabaña con varias compañeras, me aseguré de que la puerta de entrada estuviera bien cerrada durante las tres noches que estuvimos allí. Algo en mi interior me decía que era necesario.

Éramos cuatro chicas en la cabaña, todas compañeras del colegio, emocionadas por la libertad y el aire fresco del lugar. Había dos literas y nos acomodamos rápidamente. Las noches eran especialmente agradables; el sonido del mar rompiendo en la orilla y la melodía natural de los grillos y sapos creaban una atmósfera de tranquilidad. Era casi como un arrullo que nos llevaba a un sueño profundo.

Era nuestra última noche en Tonsupa,  después de un largo día de sol y playa, dos de mis compañeras ya estaban dormidas. Solo mi mejor amiga y yo seguíamos despiertas, conversando en voz baja, como solíamos hacer antes de dormir. El reloj marcaba cerca de las 23:30 cuando, de repente, el ambiente cambió abruptamente. El bullicio natural que nos acompañaba cada noche desapareció por completo. El murmullo del mar, el croar de los sapos y el suave viento entre las hojas dejaron de sonar. Un silencio tan profundo y antinatural nos envolvió y en ese instante sentimos un escalofrío que nos recorrió sin motivo aparente, pero que nos dejó completamente desconcertadas.

Mi amiga, quien ocupaba la cama superior de la litera y yo, en la inferior, nos miramos sin saber qué decir. Una sensación de alerta nos invadía, como si estuviéramos siendo observadas. Tratamos de racionalizar lo que pasaba, pero entonces lo escuchamos: un sonido tenue, apenas perceptible al principio. Parecía la respiración de un animal, similar a la de un perro que ha corrido demasiado. No era un ruido fuerte, pero sí lo suficientemente claro como para que lo identificáramos. Lo que comenzó como un murmullo distante, fue acercándose poco a poco.

Cada segundo que pasaba, la respiración parecía más cerca, hasta el punto en que no podíamos ignorarla. Ambas sabíamos que no era nuestra imaginación. La sensación de peligro era tan real que podía sentirse en el aire. No sabíamos qué hacer, solo nos quedaba aferrarnos a algo. Mi amiga, desde la cama superior, extendió su mano hacia mí y sin dudarlo, la tomé. No dijimos una palabra, solo comenzamos a rezar. Sentía cómo su mano temblaba, pero no la solté. En ese momento, orar fue nuestra única defensa ante lo que fuera que estuviera ahí afuera.

El sonido de la respiración se hizo cada vez más intenso y ahora estaba justo al otro lado de la puerta. La chapa de la puerta comenzó a moverse. Era un ruido claro y preciso, como si alguien o algo intentara abrirla con insistencia. Afortunadamente, la puerta estaba con seguro y no cedía a los intentos.

Seguimos rezando, sin atrevernos a hacer nada más. No sé cuántas veces repetimos el "Padrenuestro," pero lo hicimos como si de ello dependiera nuestra seguridad. Y entonces, tan repentinamente como había llegado el silencio, todo volvió a la normalidad. La respiración se fue alejando, cada vez más distante y con ella regresaron los sonidos familiares de la noche: las olas rompiendo, los grillos cantando, el viento moviendo las hojas. Nos quedamos inmóviles por un largo rato, sin poder creer lo que acababa de suceder.

Cuando finalmente recuperamos la calma, mi amiga y yo decidimos no hablar de lo que habíamos experimentado. No sabíamos cómo explicarlo y teníamos miedo de que no nos creyeran.

Pasaron casi diez años hasta que el recuerdo de esa noche volvió a mí de manera inesperada. Un día, mientras organizaba mi oficina, me encontré con un pequeño folleto que hablaba sobre las leyendas de Esmeraldas. Al hojearlo, un relato en particular captó mi atención. Describía una experiencia casi idéntica a la que habíamos vivido en Tonsupa, mencionaba una presencia que respiraba pesadamente en la oscuridad y se acercaba a las puertas de los desprevenidos. Leer aquello me dejó paralizada por un momento. ¿Era posible que lo que habíamos vivido aquella noche no fuera una simple coincidencia o un producto de nuestra imaginación? ¿Había algo más allá de lo que podíamos entender?

 

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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