Dorys Rueda

Febrero 28, 2026.

 

A la redacción de Ecuavisa llegó un sobre sin remitente. No tenía estampillas ni dirección clara, solo una línea escrita con pulso firme: “Para lectura en horario estelar”. Esa noche, entre un informe económico y el estado del tiempo, la presentadora lo abrió con una mezcla de curiosidad y prudencia.

“Señores del noticiero:

Agradezco el espacio. No suelo conceder entrevistas, pero mi nombre ha sido mencionado con tal frecuencia en sus titulares que me veo obligado a ejercer mi derecho a réplica.

Comienzo por lo esencial: no he firmado acuerdos recientes con partidos políticos. Tampoco asesoro estrategias de campaña ni redacto promesas que luego se desvanecen con la misma rapidez con que fueron pronunciadas. Si un candidato ofrece lo imposible con sonrisa impecable, no soy su jefe de comunicación.

En cuanto a la Asamblea, conviene aclararlo: no ocupo curul, no voto reformas ni interrumpo sesiones. Si los debates se convierten en espectáculo y las alianzas cambian según la hora del día, les aseguro que no se trata de pactos conmigo. Mis contratos, cuando existen, al menos tienen coherencia.

He notado que cada vez que estalla un escándalo alguien pronuncia mi nombre con evidente alivio. Resulta cómodo atribuirme la ambición desmedida o la memoria selectiva. Sin embargo, el libre albedrío sigue siendo patrimonio humano. Yo no obligo a nadie a levantar la mano en contra de sus propias palabras.

Lo que sí me desconcierta es la naturalidad con la que ahora se habla de pactos digitales. Antes —debo reconocerlo— había cierto respeto por el acto de comprometerse: silencio, duda, conciencia del precio. Se entendía que toda entrega implicaba una renuncia. Hoy basta un teléfono encendido y una conexión estable. No hay velas ni medianoche; hay pantallas iluminando rostros ansiosos.

Se cambia la serenidad por visibilidad, el criterio propio por la tendencia del momento, la coherencia por la aprobación inmediata. Se ajusta la opinión según el aplauso, se exagera la vida para volverla atractiva, se dramatiza la realidad porque lo sobrio no acumula reacciones. Y en no pocos casos —permítanme la franqueza— el alma se negocia por un simple “like”, por ese pequeño destello rojo que promete pertenencia.

Lo curioso es que nadie percibe la transacción. No hay contrato impreso ni tinta derramada. Todo ocurre en la superficie brillante de una pantalla. Se acepta sin leer, se comparte sin pensar, se responde sin escuchar. Después, cuando llega el vacío o el desgaste, buscan culpables invisibles. Pero el acuerdo fue voluntario, pulsado con el dedo índice, confirmado con una sonrisa frente a la cámara.

Créame, señores del noticiero: nunca me resultó tan fácil quedar desempleado. 

Les agradecería, por tanto, mayor precisión al mencionarme. No todo lo oscuro proviene de mí. A veces es simplemente una decisión tomada a plena luz del día o frente a la luz azul de una pantalla. 

Con consideración profesional,

 

El Diablo”.

 

Al terminar la lectura, en el estudio se hizo un silencio apenas más largo de lo habitual, ese segundo incómodo que no estaba previsto en el guion. La presentadora acomodó los papeles y el noticiero continuó.

En muchas salas, frente al brillo intermitente del televisor y de los teléfonos encendidos, hubo reacciones distintas: una risa breve, un gesto serio, un comentario escrito con rapidez. Sin embargo, algo quedó suspendido en el aire. Y en más de un hogar se comprendió, aunque nadie lo dijera en voz alta, que los verdaderos pactos ya no necesitan tinta ni oscuridad: basta una decisión y un clic.

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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