
Sé que usted no investiga milagros: investiga hechos. Por eso aceptó venir a verme. Le pidieron comprobar si la antigua casa de hacienda existía realmente bajo mis aguas. No le hablaron de castigos ni de cielos desgarrados; solo querían saber si hubo una casa, si la historia era invención o memoria.
Usted ya conocía la versión popular: el hacendado avaro, el mendigo bajo la lluvia, los perros soltados con furia, la puerta cerrada con soberbia. Dicen que aquel hombre era Jesús, caminando para poner a prueba la caridad de esa casa. Dicen también que aquella noche la tormenta fue brutal y que, al amanecer, yo ocupaba el lugar donde antes había muros. No le pido que crea en ello. Sé que usted confía más en los archivos que en las sentencias celestiales.
Sé que revisó los registros antiguos, las disputas por tierras, las cartas enviadas al párroco y las denuncias apenas insinuadas. Me dicen que encontró en un libro parroquial una anotación breve: “Noche de tormenta inusual. Daños irreparables en la hacienda del señor…”. El resto era ilegible. A veces el tiempo borra lo que la conciencia prefiere no recordar.
También sé que se reunió con quienes viven en mis orillas. Ellos todavía me miran con respeto. Uno le dijo que, cuando el nivel baja, se distinguen piedras alineadas. Otro corrigió: no son piedras, son paredes. Usted no discutió; prefirió comprobarlo.
Entró en mí sin dramatismos. Desde arriba parezco tranquilo, pero mientras avanzaban usted vio lo que ahora cargo: botellas, bolsas infladas, residuos que no pertenecen a ninguna época antigua. “Antes el lago era espejo”, le dijo el joven que lo acompañaba. Usted guardó silencio.
Cuando sumergieron la cámara, primero apareció el lodo, el sedimento suspendido, restos modernos atrapados entre corrientes viejas. Después surgió lo que buscaba. No era una sombra imprecisa, sino un muro recto, deliberado, con bloques ensamblados con precisión humana. Más allá, una puerta de piedra, inclinada pero intacta. Y frente a ella, como una ironía del presente, bolsas plásticas atrapadas en su marco.
La piedra resistiendo siglos; el plástico aferrado como una segunda condena.
Siguieron avanzando. Aparecieron una columna caída, parte de un corredor, y el rastro de un patio. La casa dejó de parecer una simple historia. Allí abajo hay algo que no encaja del todo con la naturaleza: está hundido y silencioso, pero no ha desaparecido.
Esa noche redactó su informe. Midió cada frase. Habló de estructuras subacuáticas cuya disposición sugiere intervención humana; de coincidencias parciales con la tradición local; de la imposibilidad de confirmar un castigo divino. Fue prudente, como corresponde a su oficio.
Pero antes de cerrar el documento miró por la ventana y vio los desechos acumulados en la orilla. Recordó la puerta sumergida y las bolsas atrapadas en la mitad de mí. Entonces escribió lo que realmente importaba.
No es mi origen lo que debería inquietarlos. Es mi presente.
Esta vez no soy consecuencia de la avaricia de un solo hombre, sino de la indiferencia de muchos y de la pasividad de quienes podrían cuidarme. La antigua casa, si fue real, quedó bajo mis aguas. La nueva condena flota cada día en mi superficie.
Usted creyó que investigaba el pasado. En realidad, estaba dejando constancia del presente.
Atentamente,
El Lago.
