Dorys Rueda
Las almas perdidas en las leyendas del Ecuador son espíritus atrapados entre dos mundos, condenados a vagar en busca de redención o descanso eterno. Estas almas, ya sea por traiciones, amores prohibidos o destinos trágicos, han quedado vinculadas a la tierra, los ríos, los lagos, las montañas o las selvas, donde continúan su existencia más allá de la muerte. En la oscuridad de la noche, sus lamentos resuenan entre las sombras, invocando a aquellos que se atreven a escuchar, mientras sus presencias se entrelazan con los relatos que generaciones tras generaciones han compartido. Estas leyendas no solo dan vida a los temores ancestrales, sino que también reflejan las emociones humanas más profundas: el arrepentimiento, la pérdida y la esperanza de encontrar finalmente la paz en un mundo que, aunque parece eterno, guarda secretos en sus rincones más oscuros.
Hoy compartiré con ustedes la leyenda de "El Lago de las Ninfas", originaria del Archipiélago de Colón.
Hace muchos siglos, cuando la isla de Santa Cruz estaba llena de secretos ancestrales, las aguas verdes y cristalinas del lago escondían más de lo que los ojos humanos podían percibir. Este lugar parecía un paraíso, rodeado de un túnel natural formado por piedras gigantescas, cactos que crecían como guardianes y los manglares que se balanceaban al ritmo de la brisa. Sin embargo, la belleza de este lago no solo era un refugio para los bancos de lizas, sino también un punto de atracción para aquellos que, al caer la tarde, se acercaban incautos a su orilla.
Las tres hermosas mujeres que solían jugar y cantar al caer el sol eran conocidas por su habilidad para hechizar a los pescadores del pueblo. Su canto era tan dulce y mágico que parecía desvanecer la realidad misma, envolviendo a quienes lo escuchaban en un trance profundo, como si fueran llamados por sirenas a las profundidades del mar. Muchos pescadores desaparecieron sin dejar rastro, y solo se encontraban sus botes flotando vacíos al amanecer, sin que nadie supiera qué había sucedido con ellos.
Algunas versiones de la leyenda cuentan que las mujeres no eran originarias de la isla. En realidad, eran hijas de uno de los primeros colonizadores europeos, quizás noruegos o alemanes, que se habían establecido en la isla con la esperanza de forjar nuevas vidas. La madre, celosa y furiosa, las mató debido a que ellas, de alguna forma, habían caído enamoradas de su propio padre. La tragedia de este amor incestuoso fue tan fuerte que la maldición que las rodeaba convirtió su imagen en la de ninfas del agua, para vagar eternamente en el lago, atrapando a los desprevenidos.
Otra versión cuenta que las mujeres, hermosas e inocentes en apariencia, eran enviadas por sus padres al país de origen para evitar que se mezclaran con los nativos, especialmente porque una de ellas había quedado embarazada de un joven del pueblo. Este hecho escandalizó a sus padres, quienes decidieron enviar a las jóvenes lejos, pero fue en el mismo camino hacia su exilio cuando las tragedias y maldiciones comenzaron. Al final, las ninfas no eran más que almas perdidas atrapadas entre dos mundos, arrastrando consigo a aquellos que se acercaban demasiado a sus aguas.
Así, cada vez que un pescador desaparecía en la Bahía de las Ninfas, los habitantes del pueblo susurraban que su desaparición no era un accidente, sino obra de las mujeres en el lago, aquellas que en la puesta de sol se tornaban en seres sobrenaturales, guardianas del agua y los secretos del mar. Nadie se atrevía a ir demasiado cerca, temiendo que algún día fueran ellos los próximos en ser hechizados por el canto etéreo de las ninfas, quienes, con su belleza y su tristeza, seguían esperando a los incautos que caían bajo su embrujo.
Este relato no solo sirvió como advertencia para los pescadores, sino también como un símbolo de las fuerzas incontrolables que rigen la vida humana. A través de la figura de las ninfas, se refleja la complejidad de las pasiones ocultas y los amores que desafían los límites del tiempo y las convenciones sociales. La leyenda habla de destinos que se entrelazan de manera irremediable, de decisiones que marcan el curso de una vida y, sobre todo, de las consecuencias de desafiar lo que está más allá del entendimiento humano. La historia persiste como un legado, un eco sutil que se extiende más allá de la orilla, susurrando en el viento y en las aguas del Archipiélago, como un recordatorio de lo efímero y lo misterioso. Las ninfas, atrapadas entre la vida y la muerte, se han convertido en una figura mitológica que refleja la lucha eterna entre lo terrenal y lo sobrenatural, un recordatorio constante de que hay fuerzas que, aunque invisibles, influyen de manera profunda en los destinos de los hombres.