A veces decimos que añoramos el Otavalo de antes, pero si somos sinceros, no echamos de menos solo las calles ni las fachadas. Lo que realmente nos hace falta es la sensación de pertenecer: esa tranquilidad de salir y que alguien, desde la otra vereda, nos llamara por el nombre, sin apuro y sin formalidades.

Nos hace falta cruzar el antiguo mercado 24 de Mayo y detenernos no solo a comprar, sino a conversar; recordar quién era hijo de quién, saber quién estaba pasando por un momento difícil o quién tenía algo que celebrar. No es el paisaje urbano lo que pesa en la memoria, sino la cercanía que le daba sentido.

Porque, en el fondo, no es el lugar lo que duele, sino la ausencia de esa familiaridad que nos hacía sentir parte de algo más grande que nosotros mismos.

Evocamos las mañanas en la piscina de Las Lagartijas, cuando el agua no era solo agua, sino punto de encuentro: las risas rebotando en las paredes, el frío en la piel, el sol cayendo despacio sobre los hombros. Pasar por la Fuente de la Salud o detenerse frente al Neptuno no formaba parte de una ruta turística, sino de una memoria compartida.

También estaban las funciones en el viejo Teatro Apolo, que ya no existe, pero sigue encendido en quienes hicimos fila para entrar. Y el Teatro Bolívar, que todavía respira historias entre sus paredes, como si cada función guardara los aplausos de generaciones enteras. Ir al teatro era vestirse un poco mejor, caminar en grupo, comentar la película al salir.

Recordamos también la manera en que vivíamos el tiempo. No porque el reloj avanzara más despacio, sino porque nosotros sí lo hacíamos. En el parque Bolívar uno podía sentarse sin mirar la hora cada cinco minutos. Subir a la Cruz de Otavalo era más que buscar una foto: era contemplar el pueblo como quien mira su propia casa desde lejos.

Y estaban también esos lugares abiertos donde el corazón parecía ensancharse. El Lago San Pablo, extendido y sereno, nos invitaba a sentarnos frente al agua y dejar que el viento acomodara los pensamientos. Mirar el reflejo del volcán en su superficie era una manera silenciosa de reconciliarnos con el día.

Caminar hacia las Lagunas de Mojanda era otra forma de encuentro. El frío en las mejillas, el páramo abierto, la risa compartida en medio del silencio. No era solo llegar a la orilla; era el trayecto, la conversación que se alargaba mientras el paisaje parecía no tener fin.

Y cómo no pensar en la Cascada de Peguche. Llegar hasta allí no era simplemente caminar; era cumplir un pequeño ritual que repetíamos casi sin notarlo. El sendero nos preparaba con el murmullo creciente del agua, el olor húmedo de la tierra, el aire más fresco en el rostro.

Algunos llegábamos en grupo, entre risas y fotos imperfectas pero verdaderas; otros en familia, tomados de la mano, atentos a los más pequeños. Siempre había alguien que se quedaba un poco más atrás, en silencio, como conversando con el agua. Y al regresar, volvíamos distintos: más tranquilos, más livianos, como si algo esencial se hubiera acomodado sin hacer ruido.

Pero quizá lo que más nos duele es la ausencia de ese reconocimiento cotidiano. No solo saber el nombre del otro, sino conocer su historia: saber de las familias completas, recordar cumpleaños, apodos, travesuras. Llamar a alguien por su sobrenombre sin que sonara a burla, sino a cariño.

Era también entrar a las casas sin demasiada ceremonia. Golpear la puerta y escuchar un “¡pase no más!” dicho con gusto. Sentarse en la cocina mientras se calentaba el café o se partía el pan. Que siempre hubiera algo para compartir —un pedazo de queso, una taza de morocho, una sopa generosa— no porque sobrara, sino porque así se entendía la hospitalidad. Nadie preguntaba si había tiempo; el tiempo simplemente se hacía.

Hoy la ciudad ha crecido. Se extendió hacia laderas que antes parecían lejanas, se llenó de barrios nuevos y de rostros distintos. Llegaron familias de otros cantones, de otras provincias, incluso de otros países. Se abrieron tiendas, cafeterías, pequeños emprendimientos.  Eso también es riqueza: aprendizaje, posibilidad, encuentro.

Escuchamos acentos distintos en la ciudad, vemos celebraciones nuevas, probamos sabores que antes no estaban en nuestra mesa. La ciudad ya no es solo la que heredamos; es también la que estamos construyendo entre todos.

Sin embargo, en medio de ese crecimiento, algo se nos escapa. Apenas conocemos al vecino que vive pared con pared. Nos cruzamos en silencio, como si el saludo fuera un trámite y no un puente.  La ciudad se hizo más grande por fuera y, quizá, un poco más distante por dentro.

Tal vez la nostalgia no sea una queja, sino una señal. Surge para recordarnos lo que de verdad debemos valorar: el saludo que nace de la mirada, la conversación que no compite con el teléfono, la caminata sin prisa, el nombre pronunciado con afecto, la puerta que se abre con cortesía. Nos recuerda que una ciudad no se sostiene solo con cemento, sino con vínculos.  Nos pregunta qué queremos conservar en medio de lo nuevo. Nos sugiere que todavía es posible detenernos unos minutos más, escuchar sin mirar la pantalla, preguntar con interés genuino cómo está el otro.

Tal vez el Otavalo de antes no desapareció del todo.

No está guardado en las fotografías ni atrapado en la memoria; está en los gestos que todavía podemos elegir repetir: en el café compartido sin apuro, en el saludo que se sostiene unos segundos más, en la visita inesperada que termina alargando la tarde.

Si empezamos por algo pequeño —saludar primero, quedarnos un momento más, aprender el nombre del vecino, volver a tocar una puerta sin miedo— descubriremos que la nostalgia no nos empuja hacia atrás. Nos orienta.

Nos recuerda, con una ternura firme, que aún estamos a tiempo de construir una ciudad que crezca sin perder el alma.

Una ciudad más grande, sí… pero también más cercana.

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
  • mailelmundodelareflexion@gmail.com
  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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