La memoria no toca la puerta.
Empuja con el hombro,
como quien regresa a su propia casa,
y entra.

Camina descalza por los pasillos del presente,
abre cajones que jurábamos cerrados
y deja sobre la mesa
una fotografía,
un olor,
una palabra.

No desordena por capricho.
Tiene miedo al olvido.

A veces se sienta a nuestro lado
justo cuando creemos estar fuertes.
Nos mira en silencio
mientras fingimos que nada duele,
que nada falta,
que todo quedó atrás.

Entonces aclara la voz,
apenas,
y pregunta:

—¿Recuerdas?

Y esa sola palabra
altera el pulso,
desacomoda el aire,
nos devuelve al lugar exacto
donde empezó todo.

La memoria tiene carácter.
Es selectiva,
ligeramente dramática,
un poco traviesa.

Ilumina escenas como si manejara un reflector antiguo,
suaviza despedidas,
borra torpezas
y, si pudiera,
reescribiría nuestras respuestas
en las discusiones que perdimos.

También baila.

Si escucha un merengue en una reunión familiar,
sonríe antes que nosotros.
Cuando suena una cumbia,
los pies recuerdan lo que la mente quiso archivar.
Si irrumpe una salsa
o vibra un reguetón,
mueve el pasado
como si aún estuviera en aquella noche
donde todo parecía comenzar.

Cambian las canciones.
Cambian los años.
Pero ella reconoce el compás.

Hay días, sin embargo,
en que no habla.

Se cruza de brazos
y observa.

Nos deja avanzar
hasta que un estremecimiento leve
nos detiene en seco.

—Ya caminaste por ahí —susurra.

No reprocha.
Advierte.

La memoria no es pasado.
Es presencia.

No camina detrás de nosotros:
camina dentro.

Y quizá insiste
porque sabe
que sin su música
empezaríamos cada mañana
vacíos,
sin recordar
el primer ritmo
que nos enseñó
a bailar la vida.

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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