La poesía abre y cierra.
La prosa piensa.
El teatro encarna el pensamiento.

Una lágrima
no es agua.
Es una forma del pensamiento
cuando la razón ya no sostiene.
No nace solo del dolor.
Aparece cuando algo verdadero
desborda el orden de las ideas
y el cuerpo lo recibe
antes de comprender.
El cuerpo se inmoviliza.
Algo se suspende.
La respiración pierde su ritmo
habitual.
La lágrima llega
sin ser llamada.
No cae debilidad,
cae lo que resistía.
No se pierde control,
se suelta la necesidad
de ejercerlo.
Llorar
es permitir que lo incompleto exista
sin corrección,
sin defensa.
La lágrima no explica,
no persuade,
no concluye.
Cae
y en ese gesto mínimo
—casi imperceptible—
restaura lo esencial:
habitar lo humano
sin justificarse.
