
Dorys Rueda, Reflexiones, Volumen 2, 2026.
No hablaré del Otavalo que hoy aparece en los titulares, ese que carga con la inseguridad, los vaivenes políticos o las crisis económicas. Hablaré del otro. Del que vive en mí. Del Otavalo que no se gasta con los años ni se quiebra con las circunstancias. El que permanece intacto en la memoria y en el corazón de quienes lo seguimos llamando hogar.
Hablaré del antiguo Mercado 24 de Mayo, que durante más de cuarenta años latió en pleno Barrio Central. Un mercado que ya no existe como espacio físico, pero que sigue vivo en mis recuerdos: en su bullicio, en los colores que parecían flotar en el aire, en las familias que trabajaban dentro y alrededor de él, haciendo de ese lugar el verdadero pulso de la ciudad.
En el mercado y en sus alrededores no vivíamos aislados. Éramos varias familias, y con los años uno entiende que los nombres también guardan memoria. Allí estaban las familias Chiliquinga, Meza, Kraljevick, Pinto, Cisneros, Rueda, Gines, Nicolalde, Moreano, Villa, Pineda, entre otras. No eran solo apellidos: eran rostros conocidos, puertas abiertas, voces que se llamaban de un puesto a otro. Compartíamos el mismo espacio, los mismos amaneceres fríos y las mismas tardes largas. Sin saberlo, íbamos creciendo dentro de una vida en común que nos unía de maneras silenciosas.
En los años sesenta y setenta, el mercado era mucho más que un sitio de comercio. Era una plaza viva, como una gran mesa común y, al mismo tiempo, como un cruce de caminos. Bajo carpas improvisadas, los vendedores recibían a quienes llegaban desde las comunidades rurales en busca de lo necesario para la semana. Allí, indígenas y mestizos compartían el mismo escenario sin solemnidades, intercambiando productos, palabras y miradas. Ese colorido que hoy se mira como atractivo turístico era entonces parte natural de la vida diaria: tan cotidiano que nadie lo nombraba, pero tan profundo que terminó marcando a toda una ciudad.
Recuerdo los sábados de 1975 con una claridad que todavía me acompaña. Antes de las cinco de la mañana, cuando la ciudad seguía dormida, los comerciantes llegaban cargados de productos y de historias. El mercado despertaba rápido, como alguien acostumbrado a levantarse antes que el resto, como si nunca se hubiera ido a dormir del todo. A las cinco en punto, la música de los kioscos se mezclaba con el viento andino, como un llamado que todos entendíamos, anunciando que el día comenzaba.
Cada sección del mercado era como un pequeño mapa de la vida diaria. Las telas colgaban mostrando colores que parecían hablar, hilos donde se adivinaban historias. Las frutas y verduras se mezclaban en formas y tonos recién salidos de la tierra. La carne y el pescado estaban ahí, directos, sin rodeos, recordando lo frágil y lo necesario. Las patatas y los granos, sencillos y ordenados, parecían decir lo mismo de siempre: que con poco también se sostiene la vida. No se vendían solo cosas. En cada rincón había una familia, un oficio aprendido con los años, una manera honesta de ganarse el día.
A las nueve de la mañana empezaban a llegar los vendedores ambulantes. No entraban todos juntos; iban apareciendo, como si el mercado mismo los fuera llamando. Se abrían paso entre la gente con la voz suelta y la mirada atenta, ofreciendo cosas raras y otras de todos los días, cosas que cambiaban de mano casi sin notarse. Una se encontraba con objetos que no sabía que existían y con otros que no sabía que iba a necesitar. Cada vendedor dejaba algo en el aire: una historia corta, una manera de decir, una exageración dicha con convicción.
Entre ellos estaban también quienes llevaban cajas de madera con uno o dos lentes. Por unas monedas, invitaban a mirar. Uno acercaba el ojo al vidrio, giraba un disco y, de pronto, aparecían paisajes lejanos, animales que nunca habíamos visto, escenas de otros lugares del mundo. Eran imágenes pequeñas, quietas, pero abrían un espacio enorme. En medio del bullicio, alguien se detenía a mirar otro mundo. El mercado no solo vendía objetos: ofrecía miradas.
Alguna vez escuché decir al profesor otavaleño Gonzalo Nicolalde que quizá fue en un Otavalo así —lleno de gente vendiendo cosas extrañas y contando historias mientras vendía— donde Gabriel García Márquez pudo haber encontrado la chispa de Macondo. No resulta extraño. En el mercado convivían, sin conflicto, lo real y lo imaginado. Estaba el lorito de la suerte, aves amaestradas que, a cambio de una moneda, sacaban con el pico un pequeño sobre de una caja de madera y dejaban al transeúnte una predicción sobre lo que vendría. Estaban también las infusiones de hierbas para el susto, el mal aire o el dolor que no tenía nombre; los atados de plantas secas, las botellas con líquidos oscuros y los frascos sin etiqueta que prometían alivio. Se ofrecían pomadas vendidas como medicina natural, capaces —según quien las explicaba— de curarlo todo. Y, entre ellas, la más recordada: la grasa de serpiente, custodiada por una culebra viva llamada Marta Julia, que parecía dar fe de la promesa. Allí, lo cotidiano se volvía extraordinario por la forma de decirlo, por la convicción con que se ofrecía, como si cada objeto y cada palabra llevaran dentro una historia dispuesta a ser creída.
Todo eso —los textiles, las artesanías, las comidas de siempre, las medicinas populares y los objetos curiosos— hacía del mercado algo más que un lugar de compra y venta. Era un espacio de intercambio profundo, donde se cruzaban saberes, creencias, afectos y símbolos. Allí convivían, sin separarse, lo útil y lo bello, lo necesario y lo extraño. Se iba a comprar, sí, pero también a curarse, a conversar, a escuchar, a creer.
Para las diez de la mañana, el mercado estaba completamente lleno. Todo se movía junto, como si la ciudad respirara al unísono. Las voces se cruzaban, las miradas se encontraban y se perdían, y el aire se sentía vivo. Nada ocurría por su cuenta. Era la vida de todos los días en su momento más alto: un caos que se entendía solo, el latido de la ciudad, donde lo soñado y lo vivido se acariciaban a cada paso.
También había puestos donde se alquilaban revistas. Unas cuantas sillas alineadas, una mesa baja y el tiempo detenido por unas monedas. Nos sentábamos a leer sin apuro, pasando las páginas con cuidado, como si ese rato también fuera un regalo. Circulaban La Pequeña Lulú, Kaliman, Archie, El Llanero Solitario, La Mujer Maravilla, Susy: secretos del corazón, El Zorro y el Cuervo, Pluto, Pato Donald, Tribilín, Súper Ratón, El Conejo de la Suerte, Popeye, El Fantasma y Juan Sin Miedo. También aparecían Memín Pinguín, Batman, Superman, Mandrake y Condorito. Mientras afuera el mercado seguía su ritmo, nosotros viajábamos por otros mundos. Leíamos en silencio o comentábamos en voz baja, como si el papel también pidiera respeto. A veces levantábamos la mirada y el bullicio seguía ahí, intacto. El mercado no solo vendía cosas: nos prestaba historias para imaginar.
Desde las cinco de la tarde, el mercado empezaba a calmarse. El ruido iba bajando de a poco, como cuando una casa se queda en silencio después de una visita larga. La gente se iba y quedaban solo algunos puestos a medio recoger. Los comerciantes doblaban las carpas, guardaban lo que sobraba, contaban el día sin decirlo. El aire, que había estado lleno de voces y olores, se volvía más liviano. Las luces se apagaban una tras otra y el lugar quedaba quieto, distinto.
A las seis, cuando todo cerraba, el mercado parecía cansado. Horas antes había estado lleno de vida y ahora descansaba. El silencio ocupaba los pasillos, las calles cercanas, los espacios donde durante el día casi no se podía caminar. Quedaba un eco leve, como si algo todavía estuviera ahí. Y era entonces cuando el mercado dejaba de ser de los grandes y pasaba a ser nuestro.
Éramos los hijos de los vendedores, los niños que crecimos entre esos puestos. Salíamos a jugar sin miedo. La noche no asustaba. Jugábamos a las escondidas, a las cogidas, a la rayuela, a las canicas, a los trompos, a los tillos. A veces armábamos una cancha de fútbol en plena calle Modesto Jaramillo. El mercado vacío se llenaba otra vez, pero ahora de pasos rápidos, risas y carreras.
Después de la merienda llegaban las historias. Nuestros padres y abuelos nos hablaban de los personajes que rondaban la ciudad cuando oscurecía: el fantasma de los Portales, el duende del Mercado 24 de Mayo, María Angula, la bruja del río El Tejar. Se los nombraba sin alzar la voz, con respeto. No eran cuentos lejanos: eran parte del lugar. El mercado, que durante el día vendía cosas, por la noche se volvía un sitio de historias.
Jugábamos hasta tarde, hasta que nuestras madres nos llamaban. Entonces regresábamos a casa con el cuerpo cansado y la cabeza llena. Sin saberlo, estábamos guardando todo eso para siempre.
Hoy el mercado ya no está, pero tampoco se ha ido. Vive en la memoria de quienes lo caminamos, en las historias que todavía se cuentan, en ese Otavalo que no aparece en los titulares, pero que sigue respirando en nosotros. Porque los lugares que nos forman no desaparecen: se quedan, silenciosos y fieles, acompañándonos mientras avanzamos.
