Quien no se maneja con soltura en el celular o la computadora sabe lo que es esa incomodidad silenciosa de escribir un mensaje. Nada fluye. Los dedos dudan, se equivocan, presionan teclas que no eran. Hay que mirar la pantalla dos veces, borrar, volver a empezar. Cada palabra cuesta un poco más de lo esperado. No es torpeza, es simplemente no estar acostumbrado.

A veces parece que el aparato se resiste. Lo que uno quiere decir está claro en la cabeza, pero no logra salir igual. Se escribe lento, con cuidado, como si cada letra pudiera fallar. Hay un ir y venir constante: escribir, borrar, corregir. Y aunque el proceso cansa, algo va quedando. Cada intento deja una pequeña enseñanza, aunque no siempre se note de inmediato.

Del otro lado están quienes escriben casi sin pensar. Los mensajes salen rápido, ordenados, como si los dedos supieran solos a dónde ir. Pero esa facilidad no apareció de la nada. Antes hubo errores, mensajes mal escritos, autocorrectores traicioneros y más de una frustración. Nadie empieza sabiendo.

Y lo curioso es que esa diferencia no es tan firme como parece. Basta una actualización, un cambio en la pantalla, una función nueva, para que todos volvamos a dudar un poco. De pronto, el que parecía experto también se detiene, busca, pregunta. El dominio nunca es definitivo.

Tal vez ahí esté lo más real de todo esto. Aprender no es llegar a un punto y quedarse. Es avanzar, retroceder, adaptarse. Es aceptar que siempre habrá algo nuevo que nos descoloque un poco.

Al final, escribir en un celular no tiene que ser perfecto. Basta con intentar, con seguir. La tecnología, como la vida, no se trata de hacerlo todo bien, sino de no dejar de moverse. De equivocarse, corregir y volver a empezar. Y en ese proceso, estamos todos bastante parecidos, aunque a veces no lo parezca.

 

 Dorys Rueda, Reflexiones Volumen 2, 2026.

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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