La leyenda del Carbunco, con una estrella en su frente; la Viuda, vestida de pena y de neblina, apareciéndose en los caminos para recordar que no toda belleza trae consuelo; la bruja del puente del río El Tejar, que arrojaba al agua a borrachos e infieles; la sirena de la Fuente de Punyaro, enamorada de un joven otavaleño; la sirena del Lago San Pablo, mitad encanto y mitad advertencia, llamando desde el agua a quienes confundían deseo con destino; y tantas otras leyendas de la ciudad han pasado por mi familia de voz en voz, como llegan las historias que se niegan a morir.

Cada personaje cargaba una verdad humana. El Carbunco hablaba del miedo que brilla justo donde no queremos mirar. La Viuda, de la culpa, de la pérdida y de esas nostalgias que persiguen. La bruja del río El Tejar, de los excesos, las traiciones y de esa justicia imaginada que el pueblo inventa cuando la justicia real no alcanza. La de Punyaro, del amor imposible y de la distancia entre los tiempos del corazón y los tiempos de la vida. La del Lago San Pablo, del deseo que deslumbra, de las promesas engañosas y de aquello que seduce antes de arrastrar.

Estas historias nos las contaban mi padre, Ángel Rueda Encalada, y mi madre, Angelita Rodríguez Hidalgo, desde que éramos niños, en esas noches en que la casa parecía escuchar junto a nosotros. Ellos, a su vez, las habían recibido de labios de sus abuelitos, de sus padres, de sus tíos y de sus hermanos mayores que sabían que una leyenda no se hereda en papeles, sino en la voz. Así fueron pasando de generación en generación, de una sobremesa a otra, de un patio a otro, hasta llegar a nuestra infancia como llegan las cosas destinadas a quedarse.

Al momento de narrarlas, como buenos otavaleños, usaban refranes y giros populares de Otavalo, dándoles a esas historias una música y una verdad que aún resuenan en la memoria. Sabían que una historia asusta más y enseña mejor cuando se cuenta con palabras nacidas de la experiencia. No decían simplemente “ten cuidado”; decían lo justo, y eso bastaba.

Por eso, si el perro aullaba en la madrugada, mi padre murmuraba: “Algo ha de haber por allí”, y uno se imaginaba al Carbunco con su estrella. Si alguien andaba por la calle a deshoras, mis padres repetían: “De noche, hasta la sombra engaña”, y uno se imaginaba a la Viuda caminando entre la neblina. Y cuando algún joven confundía deseo con amor, mi madre sonreía y decía: “No todo lo que brilla es oro”, y uno se imaginaba a la sirena del Lago San Pablo, llamando suavecito a los distraídos del corazón.

A veces añadían otras frases que se quedaban sonando en la memoria: “Después no venga llorando”, “quien mal anda, mal termina”, “no diga que no le avisamos”, “nadie aprende por experiencia ajena”. Cada dicho parecía pequeño, casi una simple ocurrencia de sobremesa, pero llevaba dentro una vida entera. Eran palabras breves que uno escuchaba al pasar, pero con los años entendía que en esas pocas sílabas cabían generaciones enteras tratando de enseñar lo que aprendieron a fuerza de vivir y equivocarse.

Así aprendí que el lenguaje popular no adorna las leyendas: las sostiene. Les da cuerpo, memoria y verdad. Porque antes de los libros, el pueblo ya sabía nombrar el miedo, el amor y la noche con sus propias palabras.

 

 

 

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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