Seamos honestos: el idioma ya no camina, corre. Y a veces corre tanto que se le caen letras por el camino. La tecnología y las redes sociales le pusieron zapatillas al lenguaje y desde entonces vivimos apurados, escribiendo como si cada segundo ahorrado fuera una hazaña. A todos nos pasó. A niños, jóvenes y adultos. Nadie salió ileso.

Los niños entran a este lenguaje exprés desde temprano. Apenas aprenden a escribir, ya están abreviando, recortando, apurando palabras como si el tiempo se les fuera a acabar. Los jóvenes, por supuesto, llevan esto a otro nivel: hacen del ahorro de letras un deporte extremo. Para ellos, escribir rápido no es solo práctico, es casi una filosofía de vida. Y los adultos… bueno, los adultos hacemos lo que podemos. No siempre con gracia, pero con una clara intención: no quedarnos fuera de la conversación.

Así, frases completas y bien criadas se transforman en versiones compactas. “Porque” se vuelve “xq”, “te quiero mucho” pasa a “TQM”, “estoy bien” se reduce a “toy bn” y “bueno” queda en un simple “bno”, como si también estuviera cansado. “Nos vemos” se convierte en “nos vms”, porque aparentemente despedirse largo ya no está de moda. Este idioma comprimido no discrimina edades: lo usan niños, jóvenes y adultos, todos atrapados en la urgencia digital.

Claro que, en medio de tanta velocidad, algo se pierde. Las palabras, cuando se acortan demasiado, también pierden matices. Ya no suenan igual, no abrigan igual. El idioma no solo sirve para avisar cosas, también sirve para decir cómo las sentimos. Cuando lo reducimos a lo mínimo indispensable, nos volvemos eficientes, sí… pero también un poco más planos, más mecánicos, menos humanos.

A esto se suma la invasión amable —pero persistente— del inglés. “Like”, “post”, “meeting”, “inbox”, “feed”. Palabras que entraron sin tocar la puerta y ahora se pasean cómodas por nuestras conversaciones. Antes algo “se regaba como pólvora”; ahora simplemente “se hace viral”. Y nadie se sorprende. Los jóvenes, sobre todo, adoptan estos términos con naturalidad, como si siempre hubieran estado ahí.

Decir “le doy like” ya no suena raro, aunque “me gusta” tuviera más calorcito. El lenguaje se vuelve práctico, rápido, global… pero a veces pierde ese sabor local que lo hacía único. Sin embargo —y aquí viene el giro— no todo es pérdida. Porque mientras unas palabras se achican, otras nacen.

Los jóvenes no solo recortan: también inventan. “Hacer vaca”, “estar chiro”, “estar pilas”, “darse el chance”, “vacilar”, “estar prendido”. Palabras que no siempre aparecen en los diccionarios, pero viven felices en la calle, en los chats y en las risas. Son expresiones que cuentan su mundo, su forma de ver y habitar la realidad. El idioma, lejos de morir, se las ingenia para renovarse.

Los adultos, en cambio, somos más cautelosos. Aprendemos “streaming”, “online”, “hashtag” y los usamos tal como vienen, sin mucha intervención creativa. No los reinventamos: los adoptamos por supervivencia. Nuestro objetivo es claro: entendernos y que nos entiendan, aunque a veces pronunciemos “hashtag” como si fuera una palabra extranjera recién aprendida.

Al final, el idioma hace lo que siempre ha hecho: cambiar. En los jóvenes se debilitan algunas formas, sí, pero también aparece una creatividad vibrante. En los adultos, el cambio es más funcional que innovador. Y en todos queda claro que el lenguaje no es una pieza de museo, sino un organismo vivo, inquieto, adaptable.

Eso sí, en medio de este torbellino lingüístico, los profesores tenemos un desafío enorme. Nos toca invitar a los jóvenes a expandir el idioma, no solo a comprimirlo. A descubrir que las palabras no estorban, que decir bien no es decir lento, y que escribir con cuidado también puede ser una forma de libertad. Promover la lectura, el gusto por escribir, el placer de encontrar la palabra justa. No para pelear con el cambio, sino para que, entre tanta abreviatura, el idioma no pierda su alma.

 

Dorys Rueda, Reflexiones Volumen 2, 2026

 

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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