
Una madrugada los zapatos amanecieron mojados.
Él miró la puerta.
Seguía cerrada.
Otra madrugada el reloj volvió a detenerse a las 4:17.
Despertó con olor a humo, las piernas cansadas, arena y salitre pegados a la planta de los pies.
Después vinieron los espejos.
No ocurrió de golpe. Primero fue una diferencia apenas visible en el cabello. Luego, una cicatriz. Después, un rostro que parecía haber envejecido en otro lugar.
Otra madrugada abrió el armario.
Había una gabardina todavía mojada y una chaqueta oscura que no le pertenecía.
Dentro de uno de los bolsillos encontró varias fotografías.
En todas estaba el mar.
En todas faltaba alguien.
A veces quedaba una mano apoyada sobre un hombro.
A veces, una silla vacía frente a la arena.
A veces, el espacio exacto donde alguien acababa de levantarse.
Él siguió mirando las fotografías durante mucho tiempo.
En ninguna aparecía completo.
