
Dorys Rueda
Hacía años que una escalera permanecía apoyada contra una de las paredes de la casa en ruinas. Nadie recordaba quién la había puesto allí.
Una mañana, una joven decidió subir.
Lo hizo despacio, peldaño por peldaño. Algunos vecinos la vieron asomarse sobre el techo de la casa vieja. Pasaron unos minutos. Después más. Alguien miró el reloj: era casi mediodía.
Pero nadie la vio bajar.
Desde entonces, la escalera sigue allí. Nadie se atreve a moverla. A veces, los vecinos creen escuchar pasos… allá arriba.
