La conocí justo a la entrada del cine. Había algo en su sonrisa —clara, tranquila— que por un instante hizo desaparecer el murmullo del vestíbulo.

La gente seguía pasando, las voces seguían mezclándose; pero entre nosotros todo pareció quedar en pausa.

Hablamos apenas unos minutos. Recuerdo que sonrió cuando comentamos el cartel de la película, como si aquella conversación improvisada hubiera empezado mucho antes. Bastó ese momento para decidir, sin pensarlo mucho, entrar a la misma función.

Cuando las luces comenzaron a bajar, sacó su celular y lo dejó en mis manos con una confianza inesperada.

—Cuídamelo un momento —susurró—. No tardo nada.

Y se levantó.
Su silueta se perdió en la penumbra del pasillo.

Al principio no pensé en nada. Miraba la pantalla del celular y, de vez en cuando, la puerta del cine.

Cinco minutos. Todavía esperaba verla regresar entre las sombras de la sala.

Diez minutos. Cada vez que la puerta se abría, levantaba la cabeza. Siempre entraba alguien distinto. Nunca era ella.

Veinte minutos. El asiento a mi lado ya no guardaba ni el calor de su presencia.

El vacío empezó a notarse, como si pesara.

Treinta minutos. La inquietud me levantó del asiento. Salí de la sala. Recorrí el pasillo. Miré el vestíbulo. Luego la calle, donde el aire de la noche era más frío de lo que recordaba.

La busqué entre la gente. Nadie parecía haberla visto salir.

No estaba.

Volví a mirar el celular que todavía sostenía en las manos. La pantalla seguía encendida.

Y allí, como si hubiera esperado ese momento, había una frase escrita justo antes de que se levantara:

“No busques a quien nunca estuvo sentada a tu lado.”

Levanté la mirada.

El asiento a mi lado seguía vacío.

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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