
El lápiz se negaba a escribir finales tristes.
Cada vez que lo intentaba, hacía trampas.
Donde yo escribía “murió”, él corregía: “salió a tomar aire”.
Cuando ponía “nunca volvió”, aparecía “llegó tarde, como casi todos”.
Cuando anotaba “se quedó solo”, el lápiz insistía: “aprendió a escucharse”.
Y ante mi definitivo “todo terminó”, dejó escrito, sin consultarme:
“todavía no es el final”.
Intenté imponerme como autora.
El lápiz rodó hasta el borde de la mesa y se quedó allí.
Lo dejé hacer.
Desde entonces, escribimos juntos finales que no duelen tanto.
