
—¿Eres tú? —preguntó ella, sin saludar—. Hoy el amor es una convención social con exceso de flores.
—Sin duda —respondió él—. Una ficción útil, como el tiempo, la patria o la gramática.
Ella asintió, satisfecha. Pensó en su editor.
Él se acomodó en la silla, convencido de hablar con su psicoanalista.
—Lo curioso —dijo ella— es que seguimos creyendo en el amor,
aunque sepamos que es un malentendido.
—Como el lenguaje —añadió él—.
Nunca dice exactamente lo que quiere decir,
pero sin él estaríamos condenados al silencio.
Hablaron de Platón y del amor como búsqueda,
de Barthes y del deseo escrito en fragmentos,
de la costumbre moderna de amar por mensajes breves
y despedirse con una palabra que no alcanza.
—Entonces, ¿nos vemos esta noche? —preguntó ella.
—Sería coherente —dijo él—, aunque improbable.
—Sí —repitió ella—, improbable.
—Disculpe —dijeron al mismo tiempo—, ¿con quién hablo?
Colgaron.
Esa noche, ambos escribieron:
Hoy hablé con alguien que entendía exactamente lo que quise decir.
