Se habían citado en aquel café con una clave infalible: cada uno llevaría un libro sobre la mesa.

Ella, a sus cuarenta, llegó con prisa y vio desde lejos a un hombre sentado frente al libro. Parecía haber vivido tres vidas más que en su foto de perfil, pero decidió sentarse igual. A veces —pensó— la realidad también merecía una oportunidad.

—Soy yo —dijo, acomodándose con su mejor sonrisa y convenciéndose de que los años no importan tanto.

El hombre dio un sobresalto. Se ajustó los audífonos, nervioso, y le acercó la silla con una cortesía antigua, de esas que ya casi no se usan.

—Dime una cosa —continuó ella, buscando un terreno común—. Me dijiste que eras muy activo, que te gustaba el ejercicio…

—¿Yo? —respondió él, sorprendido—. No creo habértelo dicho. Tengo setenta y cinco y mi mayor esfuerzo diario es llegar al baño sin ayuda.

Le habló del reuma, de las rodillas que crujían con el frío, del clima que ya no perdonaba. Y, casi sin transición —como si cambiara de bastón—, empezó a hablarle de Johann Sebastian Bach, de las Variaciones Goldberg, de la diferencia entre una grabación honesta y una impostada. Mencionó tempos, silencios, respiraciones. Sus ojos, de pronto, se iluminaron: el cuerpo se quejaba, pero la música seguía intacta.

Ella lo escuchaba desconcertada. Por un momento pensó que, aunque la foto había mentido, la conversación era real, viva, inesperadamente agradable.

Él carraspeó, como quien se prepara para decir algo importante.

—Eso sí… hay algo que me tiene a mal traer.

—¿Qué cosa? —preguntó ella.

—Lo que usted me va a hacer en el brazo.

Se arremangó sin pedir permiso y extendió el antebrazo sobre la mesa.

—Toque —dijo—. Mire cómo tiemblo. Me pongo mal, muy mal. Igual que Glenn Gould: un genio absoluto para Bach, pero con pánico a los conciertos en vivo. Cada cual con sus neurosis.

Ella miró el brazo, luego el rostro del hombre, luego el libro.
No supo si reír, levantarse…
o pedirle que se subiera la manga del todo.

Entonces, una mujer joven —no más de treinta— se detuvo junto a la mesa. Llevaba una mochila pequeña y una expresión de cansancio impaciente. Observó la escena con rapidez: el libro, el hombre, la mujer.

—Ah —dijo, sin saludar—. Veo que ya tiene compañía.

—Yo… —balbuceó él.

—Si ya tenía otra cita, no debía haberme hecho venir —continuó ella—. Yo trabajo con horarios. Esto no es serio.

Se cruzó de brazos.

—Francamente, es un irresponsable.

—No es lo que parece —dijo él—. Yo no sé quién es usted.

—¿Cómo que no sabe? —respondió la joven—. Soy la enfermera.

El hombre palideció y miró a la mujer de cuarenta.

—¿Y usted quién es? Yo creí que venía por mi brazo…

—No —dijo ella—. Yo venía por mi cita. Pero creo que no vino.

La enfermera suspiró, como quien guarda una paciencia profesional.

—Esta tarde paso por su casa —dijo—. Definitivamente, hoy no pincho a nadie.

Y se marchó.

Ella pidió un café. Ahora sí, hablaron de música.

Él siguió en su territorio: Bach para ordenar el pensamiento, Beethoven para soportar el dolor, Debussy para cuando el mundo bajaba la voz. Dijo que una buena fuga le acomodaba la espalda mejor que cualquier analgésico.

Ella, en cambio, habló de Bad Bunny sonando mientras barría, de Karol G para animarse los lunes, de Rauw Alejandro cuando el cuerpo pedía moverse sin explicaciones. Dijo que esa música no era para pensar, sino para seguir; para no quedarse quieta cuando el día pesaba.

Se miraron con curiosidad, sin juicio.

—No es música para pensar —admitió ella.

—Ni la mía para bailar —respondió él.

Ella miró el teléfono: ningún mensaje. Lo guardó sin apuro.

—Bueno —dijo—, al menos conocí a alguien con quien se puede hablar.

Se levantó, tomó su bolso y añadió, como quien deja caer una posibilidad:

—Vamos. Yo le llevo a su casa. Tengo una tía, Nora. Setenta años. Adora a Bach y habla sin parar de música. Creo que harían buena dupla.

El hombre levantó las cejas, interesado.

—¿Escucha las Variaciones Goldberg?

—Como si fueran novelas —respondió ella.

El libro quedó sobre la mesa, abierto.
Y ellos salieron muy alegres del café.

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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