Compró el regalo
pensando en alguien que ya no estaba.

Lo sostuvo entre las manos
como si todavía guardara
el calor de otro tiempo.

Sonrió —sin drama—
y decidió quedárselo.

Preparó café para dos,
acomodó la taza de enfrente
y dejó que el silencio
no fuera un enemigo.

Esa noche entendió, sin decirlo,
que al tratarse con ternura
el corazón aprende a acompañarse.

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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