
Compró el regalo
pensando en alguien que ya no estaba.
Lo sostuvo entre las manos
como si todavía guardara
el calor de otro tiempo.
Sonrió —sin drama—
y decidió quedárselo.
Preparó café para dos,
acomodó la taza de enfrente
y dejó que el silencio
no fuera un enemigo.
Esa noche entendió, sin decirlo,
que al tratarse con ternura
el corazón aprende a acompañarse.
