
No venía de ninguna parte. Por eso entró.
Al principio fue apenas un rastro, una oxidación leve en el aire, algo que no debía notarse y, sin embargo, volvía.
El segundero fue el primero en sentirlo: un sabor metálico, irregular, que iba y venía con cada vuelta. Era un aroma que aumentaba y dolía.
El minutero lo percibió más tarde, no de golpe, sino cuando intentó avanzar. El aroma ya estaba ahí, ocupando el espacio exacto entre un minuto y otro.
Forzó el movimiento. El sabor volvió. Entonces, se detuvo.
Los números comenzaron a oxidarse por dentro. No se borraron. No cayeron. Se quedaron mirando la misma hora.
El reloj sostuvo el aroma.
El reloj cedió.
El aroma ocupó lo que todavía latía.
Dorys Rueda, Cuentos en voz baja, 2026
