
Desperté
con la sensación
de haber regresado
de muy lejos.
El quirófano
olía a metal y a calma.
El médico se inclinó
sobre mí
con una sonrisa
aprendida.
Dijo que todo
había salido bien.
Que se quedaría cerca
hasta que terminara
de despertar.
Cuando se dio la vuelta,
la vi.
Estaba sentada
a mi lado.
Era yo,
pero antes.
El cabello largo,
los ojos abiertos,
esa sonrisa
que no pedía permiso.
—¿Eres… yo? —susurré.
Ella miró al médico
de espaldas,
luego a mí.
No hubo prisa
en su gesto.
—No exactamente —dijo—.
Soy la que fuiste
antes del cansancio.
La que dejaste
guardada
entre tus historias.
La que vuelve
solo cuando escribes
a oscuras.
No intenté tocarla.
Su presencia
no ocupaba espacio,
ocupaba tiempo.
Entendí entonces
que no venía a quedarse.
Venía
a recordarme.
Y antes de que el cuerpo
terminara de volver,
ella ya se había ido,
llevándose consigo
lo que aún no me atrevo
a soltar.
Dorys Rueda, Cuentos en voz baja, 2026
