
Al principio faltaban cosas pequeñas: un clip, una pluma, un anillo. Nada grave, nada que no pudiera perderse.
Hasta que un día, al entrar, lo sintió.
La habitación no estaba vacía. No era un ruido. Era una presencia quieta, como algo que observa sin necesitar ojos.
Después empezó lo otro. Sin aviso.
Comenzaron a faltar cosas distintas: un nombre, un sueño, un recuerdo que siempre había estado ahí.
Cada vez que entraba, notaba que algo no encajaba del todo. Había una ausencia nueva, un orden que no recordaba haber dejado así.
No pasaba nada violento, nada brusco. Solo esa sensación de que el cuarto cambiaba cuando ella cruzaba el umbral.
Una mañana vio una fotografía. Tenía un espacio vacío. Alguien había sido borrado con demasiado cuidado.
Sintió frío en la espalda. No miedo. Más bien la certeza de que algo estaba corrigiéndose.
Esa noche quiso recordar la risa de su madre. No pudo.
Entonces retrocedió. Sin pensar. Cerró la puerta.
Y ahí lo entendió.
No era la habitación.
Era ella la que empezaba a faltar, de a poco, sin ruido. Como si el lugar intentara recuperar su forma y ella fuera el exceso.
En el silencio final lo aceptó sin palabras: no estaba siendo observada.
Era la huella equivocada.
Y lo que no pertenece, con el tiempo, se borra.
Dorys Rueda, Cuentos en voz baja, 2026
