Dorys Rueda
Hay historias que no se olvidan,
porque no se quedan en la memoria:
se quedan viviendo en uno.

A mi madre,
que sigue viviendo en cada historia que cuento.
Historias para cuidar
No todo lo que una madre enseña está en los libros.
Algunas cosas llegan en forma de historia…
y se quedan para siempre.
No solemos recordar nuestro primer corte de cabello, pero el mío está tan grabado en la memoria como si hubiera ocurrido ayer. Tenía apenas cinco años y una melena larga, densa y negra, que mi madre veía cada mañana como un desafío. Lo que para mí era una corona, para ella era un problema.
Peinarme era una batalla diaria: tirones, llantos, quejas.
Mi madre, con paciencia, me había advertido varias veces que el corte estaba por llegar. Yo me negaba rotundamente. “¿Cortar mi cabello? ¡Jamás!”, decía, y salía corriendo antes de escuchar más.
Hasta que un día no hubo escape. Me llevó al baño, cerró la puerta y dijo con calma: “Es hora”. Yo me aferré a mi trenza como si fuera lo único que me sostenía. Entonces me explicó la razón: no quería que el duende de la antigua Fábrica La Joya se fijara en mí.
La fábrica, ya abandonada, con paredes agrietadas y ventanas rotas, se había convertido —según decía— en el refugio de ese ser. Un duende que rondaba en la penumbra y buscaba niñas con ciertas características: cabello largo, negro y ojos grandes. Y yo, claro, cumplía con todo.
El miedo pudo más que mi orgullo.
Y el cabello… se fue.

La maestra de la casa
Cómo no recordar a la maestra de mi casa: mi madre, doña María Angelita Rodríguez Hidalgo (1925–2022), quien tenía más sabiduría que cualquier ministro de educación e impulsó la formación de sus cuatro hijos. Auxiliar de enfermería en la Clínica Mosquera, profesora ocasional y modista de corazón, dejó Quito cuando se enamoró de mi padre y se mudó a Otavalo.
Desde que empezamos el Jardín de Infantes, se convirtió en nuestra profesora extraoficial: tomó el control de nuestras tardes y nos dio clases que iban mucho más allá de los libros.

Las tardes de estudio
Con la tiza en mano y esa mirada de “prepárense para lo que viene”, comenzaba a escribir en el pizarrón. Sus clases, para mi hermana y para mí, no eran como las de una maestra cualquiera. No, las suyas exigían concentración absoluta y reflejos rápidos. Bastaba una distracción, un simple parpadeo, para recibir una de esas miradas de “aquí no se escapa nadie”.
En un instante nos volvíamos alumnas modelo: derechas, calladitas y copiando cada palabra con una devoción digna de un examen que nunca existía, pero que sabíamos que podíamos reprobar igual.

Otros mundos
Y no solo eran lecciones. Mi madre también nos abría la puerta a otros mundos.
Quo Vadis, de Henryk Sienkiewicz, fue el primer libro que le escuché contar. Su voz adquiría un tono solemne y dramático que, en un abrir y cerrar de ojos, nos transportaba al pasado.
“Y así, en el antiguo Imperio Romano…”, comenzaba, y en ese instante ya nos sentíamos en el Coliseo, con el sol abrasándonos la piel y el rugido de la multitud retumbando en los oídos.
Cuando narraba la historia de Vinicio y Ligia, su voz se volvía suave y misteriosa. Y cuando hablaba del apóstol Pedro, sus ojos brillaban con tal intensidad que parecía verlo en persona.
Y, cuando terminaban las tareas y las historias—llegaba el verdadero recreo: la biblioteca.
La biblioteca
Doña Angelita abría la puerta de la biblioteca y, con una sonrisa cómplice, decía:
“Vayan, miren los libros, tóquenlos, elijan el que más les guste y léanlo durante la semana”.
Ahí estábamos, mi hermana y yo, lanzándonos sobre los estantes como si fueran cofres llenos de tesoros. Acariciábamos las portadas, firmes y brillantes, con ese aroma de papel antiguo que aún hoy me emociona.
Era nuestra forma de viajar sin movernos.
Las noches de leyenda

Ángelita Rodriguez Hidalgo y su esposo Ángel Rueda Encalada
Cada noche, la sobremesa familiar se convertía en un portal hacia lo desconocido. Mi madre, junto a mi padre, nos contaban las leyendas del país, en especial las de la provincia de Imbabura.
La fantasía se entrelazaba con el miedo, creando un ambiente tan envolvente que, por un momento, sentíamos que formábamos parte de esas historias. Era fácil imaginar a la Viuda de Medianoche caminando por las calles desiertas de Otavalo, a la Sirena de la Fuente de Punyaro, enamorada de un muchacho otavaleño, y a la Bruja del puente del río El Tejar, arrojando al agua a los infieles y borrachos.
Esas noches siguen conmigo. No solo avivaron mi imaginación, sino que también me enseñaron el valor de la tradición oral y la importancia de conservar las historias de nuestro país. En esos instantes, mientras escuchaba con fascinación, se fue sembrando en mí un interés que, con el tiempo, se convertiría en una profunda pasión.
Cuando todo cobró sentido
Con los años, todo eso fue tomando sentido.
Al terminar la universidad, mi madre, con el apoyo de mi padre, me impulsó a recopilar y transcribir las leyendas de mi ciudad. En ese momento no lo entendía del todo, pero ella insistió, como siempre lo hacía. Me decía que las leyendas no eran solo relatos, sino el alma de un pueblo.
Gracias a ella y a mi padre, hoy escribo.
La herencia

Ahora, cuando el silencio se queda más de lo normal, a veces creo escuchar su voz.
No como recuerdo, sino como algo que sigue aquí: en las palabras que leo, en las historias que cuento, en cada página que se abre, en cada artículo que escribo, en cada libro que termino, en cada publicación gratuita que comparto.
Porque hay presencias que no se van; se quedan de otra forma. Y la mía, la de mi madre, vive en lo que soy y en todo lo que leo y escribo.
Gracias, Mamaíta.
