Por: Dorys Rueda

Las sirenas, según la tradición griega, eran seres con torso de mujer y cuerpo de animal, que vivían en una isla del Mediterráneo, frente a la costa de la Italia meridional. Tenían una voz musical prodigiosa, atractiva e hipnótica, capaz de embrujar con su música a los marineros que pasaban por la isla, quienes perdían el control del barco y se estrellaban. Las sirenas entonces los devoraban.

El primer testimonio escrito nos viene de La Odisea, de Homero. El héroe, después de pasar una larga temporada en el palacio de la diosa Circe, emprende el regreso a Ítaca. La divinidad le cuenta que la primera aventura que tendrá será con las sirenas. Le advierte que si desea escuchar complacido la música de estos seres, haga que sus hombres se tapen los oídos y luego, le amarren de pies y manos, al mástil del barco; que si suplica que le desaten, sus hombres más bien le sujeten con más cuerdas

Sólo así Odiseo pudo escuchar el canto mágico de las sirenas, sin que la tripulación corriera algún riesgo.

En América, asimismo, tenemos la figura mitológica de la sirena. En Panamá, se cuenta la leyenda de la sirena del río Risacua (provincia de Chiriquí), en el que habitaba una mujer de cabellera rubia. Los hombres sentían un impulso sobrenatural de meterse en el río e ir hasta el fondo de la corriente para encontrarse con esta mujer. Quienes lo hacían, morían y su cadáver aparecía a los pocos días flotando en el agua.

La figura de la sirena también aparece en las leyendas recogidas en  Ecuador. Se cuenta que las mujeres que habitaban en el Cerro Brujo (Galápagos) eran sirenas que encantaban a los pescadores. Quienes las veían,  desaparecían en el mar. 

  LA SIRENA DEL CUCHO
Por:  Miguel Ángel Puga

Cerca de la Loma de Cananvalle hay un manantial que llaman Cutupogyo cuyas aguas fluyen a la quebrada de Ichisí. A partir de este pogyo hacia abajo van saliendo otros de lado y lado hasta reunirse un regular caudal que va a caer en el río Pisque. A fines del pasado siglo el dueño de la hacienda Cananvalle aprovechó esas aguas moviendo con ellas un molino de piedra, que dicho sea de paso, llegó a ser el único que servía a Tabacundo y lugares aledaños para moler los granos. Se trata del molino del Cucho que existe todavía.

Cuentan que había una muchacha casandera, donosa y poseída de vanidad, de esa pasión que a muchos ha perdido. Pues bien, esta joven para ser más atractiva, se bañaba todos los días. La mamá le prohibió porque temía que su hija se perdiera a causa de su vanidad.

Como la muchacha no le hizo caso y desobedeció, la madre le maldijo diciéndole: “vivirás para siempre como pez en el agua”. Súbitamente la joven se transformó en sirena, mitad pez, mitad mujer. Quedó encantada y a vivir para siempre en los sitios donde hay agua abundante y limpia para bañarse.

Para cumplir la terrible maldición materna tenía que cantar melodiosamente y pasárselas así hasta que asome un hombre, converse con ella largamente para desencantarla y volver a ser lo que fue: una muchacha colmada de ilusiones, alegre y vanidosa.

La sirena se enamoró del lugar y decidió pasar en el Cucho por algún tiempo. Quería atraer con sus cantos a los numerosos hombres que acudían al molino desde la madrugada y que dormían en él hasta que los toque el turno de hacer moler el trigo o maíz.

Cierta ocasión, llegaron marido y mujer cargados con sus granos para la molienda. Mucha gente esperaba el turno. Seguramente les tocaba pernoctar hasta que el molinero les llame. La mujer se acurrucó en el corredor mientras el marido se fue a la acequia a “echar aguas”. En esto estaba, cuando oyó cerca de él una canción muy bonita y luego otra y otra. Atraído por tan singular suceso, trató de dar con el sitio de donde provenía el canto. Al poco rato de caminar se topó sin dificultad con una bella señorita que le espetó una serie de frases como esta: “hace miles de años vivo en el agua como un pez y atraigo a los marineros y toda clase de gente con mis cantos melodiosos, me gusta estar a solas con un solo hombre para ver si me desencanta”.

Este encuentro feliz sólo raras veces se da… ay, pero que veo y rápidamente se zambulló en la acequia. Ese rato llegaba su mujer que había quedado acurrucada en el corredor y asiéndole bruscamente del poncho a su marido le increpó:

Qué estás haciendo aquí?, vamos, ya nos toca el turno, con quién estabas conversando?

Con nadie, mujer, vamos al molino.

Cuentan que la sirena del Cucho gusta mucho de sentarse en las aspas del molino a cantar en verso. Dicen que había en el pasado jóvenes tabacundeños que iban a propósito al Cucho a escuchar el canto de la sirena, copiar los versos que oían y después cantarles a las chiquillas del barrio en las serenatas nocturnas.

 El Cóndor  Enamorado, Taller Cultural Retorno, 2005.

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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