Por:  Cristóbal de Gangotena y Jijón

 

Vivía allá por los años de 1650.en esta muy noble ciudad de Quito, y en la calle que hoy llama el pueblo El cucurucho, en las solariegas casas de su morada, un noble español, don Lorenzo de Moncada, natural de Madrid, y casado en Quito con una señora tan linajuda como él, doña María de Peñaflor y Velasco.

De este matrimonio, quinta esencia de la créme, como se dice, nació doña Magdalena de Moncada y Peñaflor, una de esas trigueñas que quitan el resuello y que van derramando sal por donde pasan.

Tenía don Lorenzo, como administrador o mayordomo de sus cuantiosos bienes a un tal don Jerónimo de Esparza y García, hidalgo español que, habiéndose metido en negocios infructuosos, había quedado como el santo padre Job, tan pelado que no le quedaba sino manos para rascarse el escozor de haber perdido su hacienda. Don Lorenzo de Moncada, hombre caballeroso, había recogido a su paisano don Jerónimo en la seguridad que entonces se tenía de que un hijodalgo había de hacer las cosas, por mal que las hiciera, mejor que un perchero (plebeyo). Así también, el pobre hombre, que no tenía sino su ejecutoría, no se moriría de hambre con su hijo don Pedro, y la madre de éste, doña Josefa Piñera, con quien años atrás y haciendo una mesalianza, se había casado don Jerónimo.

El administrador  y su familia están siempre en casa de don Lorenzo y sucedió… ¡pues hombre! ¡Sucedió lo que era de cajón! Que doña Magdalena, con sus fogosos quince años, le cobró afecto a don Pedro, real mozo de veintitrés, a quien le iba la gorguera (adorno para el cuello, hecho de lienzo plegado) de las maravillas y cuyos nacientes atuzados bigotes tenían no sé qué de conquistador… Don Pedro no fue tampoco insensible a las flechas de Cupido, y menos que doña Magnalena era necesario para que él se enamorara de ella perdidamente. Ya he dicho que Magndalena era lo que se llama una chica de rechupete y de no hay más allá.

Se vieron, se hablaron, se entendieron, y en en fin se amaron con ese vehemente amor propio de la edad que ambos tenían.

Por algo se dirá que en donde hay fuego hay humo: algún tufillo sospechoso habría husmeado doña María de Peñaflor, pues a poco se dio cuenta de lo que pasaba en su hija. A punto, la buena señora participó el descubrimiento a su esposo, quien no pudo menos que indignarse al saber que el hijo de su favorecido pretendiese a Magdalena. Resolvióse a hablar a la niña, y al punto hizo comparecer a ésta ante el terrible tribunal compuesto por él y doña María.

La autoridad de un padre de familia, en aquella dichosa época, era para un hijo así como la autoridad de Dios, y sus palabras una setencia sin apelación. Hechas estas consideraciones, puede el lector juzgar lo temblorosa que se plresentaría la pobre doña Magdalena ante su señor y padre. El rubor que cubría sus mejillas bien daba a enter que lla sospechaba las cuas del paternal llamamiento.

Don Lorenzo increpó duramente a su hija el tener lo que él llamaba “sentimientos tan bajos”, y declaróle al punto echaría a la calle a don Jerónimo, y a que su hijo había tenido la osadía de poner en ella los ojos. Nada valieron las negaciones de su hija, las lágrimas y súplicas de doña Magdalena para ablandar a su padre, y no teniendo otra cosa que hacer, otro recurso, rertiróse la niña a su aposento a llorar, único consuelo que las mujeres tienen.

Don Lorenzo que era hombre expeditivo, enseguida hizo saber su resolución a don Jerónimo de Esparza, quien, renegado de su hijo, hubo de dejar su oficio.

Doña Magdalena siguió llorando y consumiéndose, sin salir sino a misa, con su madre, a la próxima iglesia de los frailes agustinos, modesta, pero ricamente vestida, cual convenía a su rango y calidad, con su faldellín redondo de paño, lleno de cintas, su antón ricamente bordado, cuyo color amonizaba con el del faldellín, y sus zapatitos también de paño, pero negros, rebajados sobre la media blanca de seda.

Privados de verse como antes, a todas horas, en casa de don Lorenzo, doña Magdalena y don Pedro, se veían furtivamente en la iglesia: ella arodillada en su estrado cubierto de rica alfombra fabricada en Latacunga, que tras ella traía una negra esclava, ya él apoyando en una de las pilastras que sostenían la bóveda del templo. Alguna vez que doña Magdalena iba sin su madre, don Pedro la esperaba en la puerta y le ofrecía agua bendita a la salida…

Esos amores no podían durar así. Sobre todo haría la vista gorda don Lorenzo menos sobre la falta absoluta de fortuna de don Pedro: éste así lo comprendía y por ello se devanaba los sesos buscando un medio de adquirir riquezas para llegar a la meta de sus aspiraciones.

En aquel heroico tiempo en que con tantas y tan famosas hazañas se ilustraban nuestros mayores, se organizaba la expedición de don Martín de la Riva y Agüero a las provincias de Oriente. Nuestro don Pedro, deseoso de ganar nombre y fortuna, se alistó bajo las banderas de este capitán y, tras una misiva de despedida a su adorada doña Magdalena, partió para las desconocidas tierras que bañan el Marañón, lleno de ilusiones con las protestas de fidelidad de su amante.

Como es sabido, la expedición tuvo un fin desastroso, y muy pronto se supo en Quito, su entera destrucción. Corrió la voz de la muerte de varios individuos que la compusieran: entre los muertos se contaba don Pedro de Esparza.

Doña Magdalena lloró desconsolada por su cuasi novio, pero –qué quieren ustedes- las lágrimas se agotan al fin y al cambo, cuando se tiene quince años, no se puede vivir llorando…

En esto, llegó de España un hijodalgo, segundón de solar desconocido, gallardísimo mozo y que a falta de hacienda, traía muchas esperanzas de adquirirla, ya que venía recomendado con mucha particularidad al Virrey y a la Audiencia. Era el tal hidalgo el señor don Mateo de León y Moncada que por su madre, tenía deudo con el padre de doña Magdalena, don Lorenzo.

Guapo como era, rumboso y elegante, recientemente salido de la Villa y Corte, no pudo menos de gustar a don Lorenzo para yerno, de manera que su propuesta de matrimonio con Magdalena fue aceptada por los padres de ella con sumo agrado.

Aquí es necesario que recordemos, lector amigo, una vez más, lo que era la autoridad paterna en aquellos patriarcales tiempos. A doña Magdalena le impusieron el novio, y ella tuvo que aceptarlo, aunque tuviera muy viva la memoria de don Pedro. Ella, para decir verdad, lo aceptó solo porque sabía la muerte de su amanante, que de saberlo vivo, preferiría meterse en un convento. ¡Ya lo creo!

Se fijó el día del matrimonio para un sábado 27 de marzo de de 1655, por la noche.

Encontrábase la víspera doña Magdalena ocupada en arreglar su equipo, cuando una esclava suya le entregó una esquela. Abrióla la niña y no se desvaneció porque entonces no se usaban los vapores, pues de estar como ahora a la moda, no dejaría de hacerlo, ya que por ello, en verdad, había razón muy sobrada.  La esquela decía así:

“Señora y mi dueña: Sé que mañana os casáis con un guapo mozo que os vale. Me creíais muerto y aún vivo para adoraros. ¿Consentiréis en que os vea esta noche en vuestra reja? Os besa los pies.

DON PEDRO DE ESPARZA”

No hay para qué ponderar lo que sentiría doña Magdalena a la lectura de esta carta: un rayo que a sus pies cayera no le causara mayor espanto. Vivía su don Pedro, a quien tanto había querido,  ¡y mañana iba a ser de otro! ¿Qué hacer en trance tan difícil? ¿Cómo romper el compromiso? ¡Qué escándalo se formaría!... Y luego… su padre, su honor… Decididamente, no era posible… La fe que debía guardar al que mañana sería su esposo le prohibía ver a don Pedro en la reja…

Con el alma destrozada, tomó la pluma de ave y contestó así:

“Mañana, como sabéis, me caso: no me pertenezco ya, don Pedro. Vos mismo lo habéis querido así, ya que me habéis dejado creeros muerto. Mi honor me prhíbe hablaros. Olvidadme. Adiós.

MAGDALENA”

Esta carta, cuyas palabras querían mostrar indiferencia, llegó a las manos de don Pedro, empapada en lágrimas de la niña.

Por fin amaneció Dios el día en que habían de juntarse los destinos de doña Magdalena de Moncada y de don Mateo de León, día aciago para la novia, cuyo amor por el antiguo amante había renacido más vivaz al saberlo en este pícaro mundo.

Era costumbre de nuestros abuelos el que la niña que se casaba, el día de su matrimonio repartiera por propia mano limosnas a los pobres que se presentaran en su casa. Este acto de caridad se hacía con el objeto de impetrar del cielo la felicidad para el nuevo hogar.

A casa tan rica, tan linajuda y de tantas campanillas como la de don Lorenzo de Moncada, no hubo, como es de suponer, pobre que no acudiera: fue todo el día una procesión de mancos, ciegos, tullidos; allí se vio cuánta miseria nos legó nuestro padre Adán. No hahay para qué decir que los vergonzantes, como ahora los llamamos, y que entonces eran conocidos con el nombre de cucuruchos, por su vestido talar y la amplia capucha que les cubría el rostro, no faltaron a la cita.

La novia a todos y a cada uno de los que se presentaban entregaba un patacón pidiendo a Dios que le hiciera olvidar a ese don Pedro que le bailaba en el alma…

Ya entrada la tarde, presentóse un cucurucho, al tiempo en que doña Magdalena se lpreparaba su tocado.

No quiso la niña dejar al pobre sin su limosna y, abandonando su espejo, bajó a dar la última caridad del día y… ¡cosa curiosa!... el cucurucho tenía la misma estatura de don Pedro de Esparza… sí, su mismo cuerpo… pero… ¡ilusión debía ser!... Doña Magdalena sacando de su escarcela (bolsa que se colgaba a la cintura) una moneda, se acercó al mendigo, alargó su mano, el cucurucho avanzó y febrilmente, sacando un puñal de entre los pliegues de su hábito, lo clavó en el pecho de la novia… Ésta da un grito y cae muerta… El asesino huye a la calle… Los criados se precipitan al auxilio de su ama, otros van en busca del asesino, pero no van lejos: casi al frente de la puertas de la casa, apoyado en el muro del convento de San Agustín, ven a don Pedro de Esparza con el hábito de cucurucho, la capilla tirada a la espalda y el puñal en su mano… La guardia acude a a los gritos de “¡favor al Rey!” y don Pedro es conducido a la cárcel de corte…

Tal es la leyenda que el pueblo quiteño ha conservado, llamando a la cuarta cuadra de la Carrera Flores el Cucurucho de San Agustín.

 

 Leyendas Ecuatorianas, Clásicos Ariel, Quito, 2005.

 
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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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