La historia se remonta a un Otavalo pequeño que no tenía luz eléctrica y las noches llegaban despacio.
Cuando la tarde terminaba y el sol se escondía tras el monte Imbabura, las casas se iluminaban con velas, lámparas de kerosene y braseros encendidos. Y, al calor del hogar, los más ancianos contaban a los jóvenes y niños de la familia historias de ánimas benditas, sirenas, aparecidos y fantasmas, que ponían nerviosos a todos.
Entre todas estas historias, don Luis Ubidia, el gran profesor otavaleño, escuchó de sus mayores la leyenda del viejo molino en las afueras de la ciudad, junto al río Yanayacu, un molino de paredes húmedas y techo de tejas rotas que, en su tiempo, había molido maíz, trigo y cebada por décadas.
Los padres aconsejaban a los más jóvenes que no fueran a ese lugar después de las seis de la tarde, porque allí vivía un ser sobrenatural que medía apenas medio metro, pero que era más peligroso que cualquier animal feroz.
Contaban que este ser llevaba un gran sombrero que casi le cubría el rostro y que sus ojos eran tan chispeantes que brillaban en la oscuridad. Sus manos, aunque pequeñas, eran fuertes, como garras. Se sentaba en una gran piedra, mirando cómo pasaba el agua del río para pasar el rato.
Se presentaba exclusivamente a quien él quería. Aguardaba, sentado en una piedra grande, a cualquier visitante. Cuando alguien lo hacía enojar, tomaba piedras del suelo y las arrojaba contra la persona con una puntería admirable.
—No es malo con todos —aclaraban los mayores, moviendo la cabeza—, pero no soporta a los borrachos ni a los pleitistas. A esos sí que les castiga.
La gente escuchaba esta historia con una mezcla de miedo y curiosidad. Los más jóvenes juraban haber visto una pequeña sombra trepar por los muros del molino. Otros, los más viejos, aseguraban haberlo visto saltar entre las piedras del río, llevando un gran silbato.
Una noche, algunos muchachos salieron ebrios de la cantina. Entre ellos estaba Antonio, conocido por su carácter altivo y orgulloso. Cuando bebía, el licor lo transformaba: se volvía altanero y buscaba pleito.
Mientras caminaban, mencionó en voz alta que iba a irse al molino porque no le tenía miedo al enano, ya que era un invento para que la gente llegara temprano a las casas.
Sus amigos, aunque ebrios, intentaron detenerlo, pero el joven se marchó rumbo a las afueras del pueblo.
Al llegar, todo estaba tan oscuro que sintió un ligero escalofrío que no supo si era por el frío o por el miedo. Aun así, continuó. Fue entonces cuando lo vio.
—Hola, enano —saludó Antonio.
El duende, al verlo tambalearse, le respondió con furia:
—No sabes con quién te metes. Si yo fuera tú, saldría disparado en este mismo instante.
Antonio soltó una carcajada.
—Te lo advertí —dijo el duende. Entonces saltó sobre él y le lanzó varios golpes certeros.
Ambos cayeron al suelo. Antonio no podía devolver los golpes. Aunque en ese momento no sentía dolor, percibía su cuerpo rígido. Cuando logró incorporarse, el duende ya no estaba, había desaparecido. El molino estaba en completo silencio y el agua del río corría a pocos metros de él.
Regresó cojeando a su casa, con las palabras del duende grabadas en su cabeza: «Te lo advertí».
Empujó la puerta y cayó al piso.
—Fue el duende... —alcanzó a decir, mientras su familia lo socorría y limpiaba su sangre del rostro y del cuerpo.
La abuela comentó:
—Le advertimos que no fuera por allá. Hay lugares donde el respeto es la única entrada posible. El duende no acepta que el trago mande más que la razón.
INFORMANTE
Luis Ubidia (Otavalo: 1913-2000)

Fue un prestigioso maestro que empezó su carrera docente en 1935, en San Pablo de Lago, en la escuela Cristóbal Colón. Después pasó a la escuela 10 de Agosto de la ciudad de Otavalo, plantel donde había estudiado su educación primaria.
En 1936, viajó a Quito para trabajar en la Anexa del Normal Juan Montalvo. En 1970, después de una ardua y fructífera labor como profesor, se acogió a la jubilación y fue articulista en los medios escritos de la provincia de Imbabura, con un claro enfoque de justicia y rectitud, en los temas de la vida local del cantón Otavalo.
Escribió artículos de investigación científica y notas poéticas. Tiene 28 publicaciones.
