Fuente oral: Luis Ubidia1
Recopilación y Transcripción: Dorys Rueda
Otavalo, 1985
 
  
 

Cuando recopilaba esta leyenda, reconocí que la historia se emparentaba con otras leyendas ecuatorianas conocidas.  Sin embargo, me pareció muy interesante compilarla, por su valioso aporte  para el estudio de ciertas versiones de una misma historia popular.

Hay un comentario de una lectora del sitio con respecto a esta leyenda. Reproduzco, a continuación, sus palabras:

"La riqueza de las leyendas es precisamente la sincretización. Muchas, incluso,  creyéndolas autóctonas, las trajeron los españoles. La tradición oral,  de hecho va a sufrir transformaciones de contextualización, época, tendencias, vivencias personales y familiares. La fiesta de "los Negros y Blancos", por ejemplo, la tiene en España, lo vi personalmente en Valencia, Alboraya, es la fiesta de "Moros y Cristianos". De alguna manera,  las leyendas, a través de los años si bien no llevan la misma trama, conservan su  esencia, la  de su carácter popular, siendo una manifestación popular aglutinante ".

Pasemos ahora a la leyenda en cuestión:

Hace muchísimos años,  un habitante de la comunidad de Espejo solía viajar a Otavalo para divertirse. Iba de cantina en cantina, tomaba un trago por aquí y otro trago por allá.  En la madrugada, regresaba caminando hasta  su casa, sin poder sostenerse en pie. Su madre angustiada, no podía dormir hasta que su hijo llegara. Siempre le decía que no se hiciera tarde pues la Caja Ronca podría sorprenderle por el camino. En la ciudad se hablaba de una procesión de almas en pena que deambulaba por todo el pueblo, haciendo un ruido infernal.

En cierta ocasión, el joven había bebido más de la cuenta, más que otras veces, por lo que sus amigos le pidieron que se quedara a dormir en Otavalo, que no se fuera al Espejo porque era muy peligroso ir a pie a la medianoche, que podía ocurrirle algún percance. El hombre no les prestó atención y como siempre, emprendió el regreso por la calle Bolívar.

El hombre jamás regresaba a ver a ningún lado, pero en esta ocasión, apenas salió a la carretera, alcanzó a escuchar unas voces y una melodía lastimera, espeluznante. Regresó a ver y se detuvo en seco ante  una procesión que como él, salía de Otavalo. Todos eran varones, vestían íntegramente de negro y los abrigos pobres que llevaban puestos rozaban el suelo, produciendo un sonido muy particular. Todos caminaban lento, de manera acompasada, como si les pesara caminar, como si llevaran una carga en sus pies. Entonaban canciones que nunca había escuchado, que le ponían los pelos de punta. Llevaban en sus hombros un ataúd bien iluminado, con una fotografía en el centro.

Al final de la procesión venían dos hombres encapuchados a los que no se les ninguna parte del cuerpo. Eran los que tocaban la flauta y el tambor. El golpeteo del tambor aterrorizó  al joven  y  le pasó un poco la borrachera. Pensó entonces que las advertencias de su madre se habían hecho realidad. Se había topado con la procesión de las ánimas. Un frío intenso le recorrió el cuerpo.

Venciendo el miedo pero sin poder contener su curiosidad, se atrevió a preguntar a uno de los hombres que quién era el muerto.  El hombre, con una sonrisa diabólica  le respondió: -David Salazar era su nombre y siguió caminando con el cortejo. El joven, ahora sí  se quedó paralizado del  terror, pues ése era su nombre.  Esperó unos minutos y se dirigió a otro hombre del grupo para preguntar nuevamente  quién era el muerto. Al igual que el primero,  éste le respondió: -David Salazar era su nombre y soltó una carcajada maléfica y continuó caminando con el cortejo.  Después de algún tiempo, el muchacho se armó de valor para detener a un tercer hombre y preguntarle a quién iban a enterrar. El hombre le miró fijamente, sus ojos destellaban fuego; y al  igual que los anteriores, contestó: -A David Salazar vamos a enterrar y soltó una  carcajada diabólica, mientras volvía a la procesión.

El hombre, muerto de miedo y casi sordo por los golpes del tambor y el ruido de la flauta, llegó al Espejo, con la procesión. Entonces,  caminó hacia el ataúd para ver la fotografía del muerto  y alcanzó a ver que se trataba de su propio retrato. En ese mismo instante cayó muerto al suelo, echando espuma por la boca, mientras la comitiva fúnebre, con tambor y flauta,  desaparecía misteriosamente entre la oscuridad.

 

 

1 Luis Ubidia (Otavalo: 1913-2000) fue un prestigioso maestro que empezó su carrera docente en 1935 en San Pablo de Lago, en la escuela Cristóbal Colón. Después pasó a la escuela 10 de Agosto de la ciudad de Otavalo, plantel donde había estudiado su educación primaria. En 1936, viajó a Quito para trabajar en la Anexa del Normal Juan Montalvo. En 1970, después de una ardua y fructífera labor como profesor, se acogió a la jubilación  y fue articulista en los medios escritos de la provincia de Imbabura, con un claro enfoque de justicia y rectitud en los temas de la vida local del cantón Otavalo. Escribió también artículos de investigación científica y notas poéticas. Tiene 28 publicaciones (H. Ubidia, comunicación personal, enero 14, 2016).

 

 

Portada: elrincondelabruja-carmen.blogspot.com

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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