Por Dorys Rueda 

 

Esta historia llegó hasta mí por el profesor Óscar Ruiz. Él la escuchó de una de sus estudiantes, María José Pardo, y me la contó el 20 de junio de 2025, para que no se perdiera entre tantas historias que todavía se siguen diciendo en voz baja.

Allá, en Mindo, en medio de tanta vegetación y tanta neblina, la gente dice que cada 28 de diciembre pasa algo raro. El pueblo se pone distinto. Como si el silencio bajara despacio sobre las calles y nadie quisiera hablar más de la cuenta. Porque ese día… dicen que vuelve Jack.

Algunos le dicen el payaso perverso. Otros prefieren ni nombrarlo. Porque allá creen que decir su nombre después de que oscurece no es buena idea. Dicen que entonces él empieza a meterse en la cabeza de la gente. Y después… encuentra la forma de entrar también en las casas.

Siempre lo describen igual.

Con un traje lleno de colores, viejo, sucio de lodo, como si llevara años caminando bajo la lluvia. El maquillaje da miedo. No parece la cara de alguien alegre, sino algo peor… como una sonrisa obligada. Pero lo que más inquieta son los ojos. La gente dice que son negros, profundos, como huecos donde se alcanzan a ver cosas que nadie quisiera mirar demasiado tiempo.

La primera vez que comenzaron a hablar de él fue hace más de cincuenta años. Los ancianos juraban haberlo visto caminando por las calles vacías del pueblo, casi a medianoche. Se escuchaba primero la risa, una risa chillona que rebotaba entre los árboles. Y después la voz.

—¿Me han extrañado?

Eso cuentan.

Y también dicen que quien escucha esa voz, aunque sea solo dentro de la cabeza, queda marcado. Porque Jack después lo encuentra. No importa dónde se esconda.

Nadie sabe bien quién fue realmente Jack. Hay personas que cuentan que antes trabajaba en un circo y que algo muy feo le pasó. Otros dicen que es el espíritu de un niño que sufrió demasiado y volvió lleno de rencor. Pero la verdad… nadie la sabe. De lo único que sí hablan todos es de cómo el miedo fue creciendo con el tiempo.

Hubo quienes trataron de seguirlo. Otros quisieron grabarlo o enfrentarlo porque pensaban que todo era mentira, un cuento más del pueblo. Pero nunca sacaron nada en claro.

Los que no creían eran pocos.

Y dejaron de burlarse después de lo de Mateo.

Eso todavía se comenta en Mindo.

Mateo tenía apenas siete años. Una noche del 28 de diciembre le dijo a su hermana pequeña que iba a averiguar si el payaso del que hablaban los mayores existía de verdad. Salió hasta la puerta de la casa… y ya no volvió.

Así nomás.

Después desaparecieron otros dos niños en situaciones parecidas.

Y desde ahí el miedo se sintió distinto en el pueblo.

Más pesado.

Tiempo después mandaron a dos policías a recorrer las calles esa misma noche. Querían demostrar que no estaba pasando nada raro. Pero ellos tampoco regresaron.

Pasaron días enteros sin noticias.

Y una semana después aparecieron caminando por el pueblo, llenos de barro, mirando sin reconocer nada. No se acordaban de sus nombres. No sabían cuánto tiempo había pasado. Y nunca pudieron explicar qué les ocurrió esa noche.

Desde entonces, cuando llega el 28 de diciembre, la gente en Mindo prefiere quedarse encerrada. Cierran puertas y ventanas temprano. Rezan. Y esperan a que amanezca.

Pero hay algo que los mayores siguen repitiendo hasta ahora. Una advertencia que nadie toma a la ligera.

Nunca hay que mirarlo a los ojos.

Porque dicen que, si eso pasa, uno alcanza a verse reflejado ahí adentro… y él también alcanza a ver el alma de quien lo mira.

Y cuando ocurre eso… Jack sonríe.

Y empieza a acercarse más rápido.

Ahí, dicen, ya no hay forma de escapar.

 

 

 

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