
Basada en la historia de Nina Paccha y Guatalquí
Fuente oral: Ángel Rueda Encalada
Recopilación: Dorys Rueda, 1990
Adaptación: Dorys Rueda, 2026
Una madre visitaba la laguna de San Pablo con sus hijos. Unos corrían, otros jugaban alrededor del lago.
Solo Sofía, una niña de seis años, de trenza larga y negra y ojos grandes, permanecía inmóvil, mirando el agua.
Una voz serena emergió del agua:
—Debes cubrirte, hace frío.
Sofía dio un salto y retrocedió de la orilla.
—¿Quién eres? —dijo, sintiendo cómo su corazón latía.
—Soy Nina Paccha. Hace mucho fui una joven como tú. Me ofrecieron en sacrificio para que regresara la lluvia, pero huí con mi amor. Por eso me transformé en esta laguna.
Sofía tragó saliva; las palabras flotaban en el aire como las ondas del agua.
—¿Y él?
—Él se llamaba Guatalquí y, al ver mi partida, gritó al cielo que no quería vivir sin mí. El Taita Imbabura lo escuchó y lo convirtió en árbol. Desde entonces, él es el Lechero. Nos quedamos juntos para siempre: agua y raíz.
La niña abrió los ojos y miró la laguna, como si algo hubiera cambiado en ella.
—¿Sufriste mucho?
—Sí —dijo con voz suave, como el rocío al amanecer—, pero aprendí algo: “El amor no debe doler. Ninguna niña debe desaparecer por miedo ni mandato. Debe crecer sin temor y cantar con su propia voz”.
Sofía sonrió.
En ese momento, su madre la llamó y regresó con ella y sus hermanos.
Fue entonces cuando sintió el viento de la laguna acariciando su trenza y escuchó a alguien decir: “El agua recuerda a quien la mira con respeto”.
Dorys Rueda, Leyendas y cuentos para niños, Volumen 2
