
Había una vez, en un lugar lejano llamado San Vicente de Chitacaspi, un pequeño pueblo donde todos vivían muy felices. En ese pueblo había un puente que cruzaba una acequia, que era como un río chiquito. El puente no era muy grande ni muy fuerte, así que la gente debía tener mucho cuidado al cruzarlo, porque si no se fijaban bien, ¡podían caer al agua!
Un día, cuando yo tenía siete años, yo, Clara Isabel García Ruano, me fui con mi hermanita Juanita a buscar agua al río. Para llegar al agua, teníamos que cruzar el puente. Mi hermana cruzó muy rápido, pero yo, que era un poco miedosa, me resbalé y casi caí al agua. ¡Qué susto! Pero justo en ese momento, Adán y Lauro, nuestros vecinos, me tomaron por los pies y me salvaron. Si no fuera por ellos, el agua me hubiera arrastrado. ¡Menos mal!
Desde ese día, algo raro pasó todas las noches. Un duendecito muy pequeño, con un sombrero grande de paja, venía a mi ventana. Tenía la piel muy blanca y los ojos azules como el cielo. Siempre se reía y me llamaba por mi nombre. ¡Era muy extraño!
El duende me decía que me iba a dar pan y naranjas. Yo pensaba que me traía algo rico, pero cuando miré el pan, ¡me di cuenta de que no era pan de verdad! ¡Olía muy mal! Y las naranjas que me dio no eran normales, ¡eran de una planta venenosa! Me asusté mucho, pero él seguía viniendo todas las noches.
Mi mamá se dio cuenta de que algo raro pasaba y me dijo que nunca debía seguir al duende. Me explicó que el duende tal vez quería llevarme al bosque y eso no era bueno. Me dio mucho miedo, así que mi mamá decidió ir a hablar con el cura del pueblo.
El padre le dijo a mi mamá que para protegerme, debía hacer la Primera Comunión. Así, estaría bajo la protección de Dios y el duende ya no me molestaría más.
Mi mamá me llevó a la iglesia y el día que hice la Primera Comunión, me sentí muy feliz y protegida. ¡Y como por arte de magia, el duende nunca volvió a aparecer! Desde entonces, ya no tengo miedo, porque sé que estoy cuidada y protegida por Dios.
Aprendí que no siempre las cosas que parecen divertidas o misteriosas son buenas para nosotros. A veces, debemos escuchar a los adultos y seguir su consejo para estar a salvo y felices.