Hola, soy Ana María Quishpe y quiero compartir con ustedes una historia increíble que viví cuando era niña. Era un día de octubre, con el cielo despejado y de un azul brillante. Mi mamá, mi hermana menor, que tenía 7 años, y yo habíamos decidido ir a Quito Sur para atrapar catzos. Los catzos son unos pequeños escarabajos voladores que nos encantaba perseguir. ¡Estábamos a punto de vivir una gran aventura!
Caminábamos muy contentas, riendo, hablando y también jugando. Todo iba bien hasta que llegamos a una quebrada en Solanda. De repente, frente a nosotras, apareció un hombre desconocido. Nos miraba fijamente y nos hizo señas con la mano, como si quisiera que lo siguiéramos. Al principio pensamos que tal vez quería ayudarnos, pero había algo extraño en él.
El hombre se acercó más y, de pronto, intentó tomar la mano de mi hermanita. ¡Qué susto! Pero mi mamá, que siempre ha sido muy valiente, la abrazó fuerte y con una voz decidida le dijo al hombre: “No vamos contigo a ningún lado”. Él se quedó quieto, mirándonos sin decir nada. Nosotras, sin perder tiempo, subimos a una colina cercana donde nos pusimos a atrapar los catzos. Fue una tarde muy divertida persiguiendo a esos pequeños escarabajos.
Cuando terminamos y tuvimos que regresar por el mismo camino, el hombre ya no estaba. ¡Qué alivio! Nos sentimos más tranquilas y continuamos nuestro camino de vuelta a casa. Pero al llegar, algo extraño sucedió: mi hermanita comenzó a sentirse mal. Estaba pálida y parecía tener dolor de cabeza. Mi mamá, preocupada, la llevó al doctor, pero los medicamentos no lograban mejorarla.
Entonces, mi mamá decidió llevarla a un pueblo llamado Mulalillo, en la provincia de Cotopaxi, donde vivía un curandero. Él sabía mucho sobre remedios naturales y plantas medicinales. Cuando vio a mi hermanita, le dijo a mi mamá que su enfermedad se debía a la presencia de aquel hombre que vimos en la quebrada. Le explicó que probablemente ese hombre era "El Cuco".
Mi mamá y mi hermana se quedaron en el pueblo durante un mes, y gracias a los cuidados del curandero, mi hermanita comenzó a mejorar lentamente. Cuando regresaron a Quito, ¡ya estaba completamente sana!
Hoy, después de tantos años, sigue estando muy saludable, pero nunca olvidamos lo que sucedió aquel día. Desde entonces, nunca volvimos a pasar por esa quebrada de Solanda. A veces, al recordar lo ocurrido, sentimos un ligero escalofrío.
La lección que aprendimos fue muy valiosa: siempre debemos confiar en quienes nos cuidan y escuchar sus advertencias. En ocasiones, el amor y la intuición de una madre o de alguien cercano pueden protegernos de situaciones inesperadas o peligrosas.