
Por Dorys Rueda
Hace muchos años, cuando todavía no había luz eléctrica en Quito, las brujas de San Roque salían en noches de luna tierna montadas en escobas. Despegaban desde los tejados del barrio, rozando chimeneas y campanas dormidas, y se elevaban poco a poco sobre la ciudad.
Desde arriba veían los patios en penumbra, los faroles temblando en las esquinas y los perros que aullaban al sentir su paso. Cruzaban como sombras sobre conventos y plazas, dejando detrás un olor a humo, ruda y cera derretida.
Solo de vez en cuando las veía un trasnochado que dormía en la vereda y despertaba sobresaltado al oír risas, escobazos y el silbido del viento entre las tejas. Entonces alzaba la vista y alcanzaba a distinguir faldas negras infladas por el aire y cabellos sueltos brillando bajo la luna.
Y mientras cruzaban el cielo, iban cantando:
—¡De valle en valle! ¡De villa en villa! ¡Sin Dios ni la Virgen María!
Luego enderezaban el vuelo hacia Cuenca. Pasaban sobre quebradas oscuras, ríos que brillaban como cintas de plata y páramos donde solo silbaba el viento. Atravesaban cerros y valles sin tocar tierra, guiadas por la luna y por un camino de estrellas que, según decían, solo las brujas sabían leer.
Cuando la noche estaba más honda, descendían sobre los tejados fríos de Cuenca. Nadie las veía llegar, salvo alguna beata insomne que se persignaba tras la ventana.
Allí vivían las Zaldúas, las hechiceras más famosas de la región. Hasta ellas iban a buscar secretos que no se aprendían en ningún lado: palabras para abrir cerraduras sin llave, rezos para torcer la suerte, hierbas que curaban el espanto y otras que sembraban olvido, filtros de amor, venganzas lentas y remedios que solo obraban cuando la luna estaba de su lado y el cliente pagaba bien.
Antes del alba, las brujas emprendían el regreso a Quito, repitiendo su canto en el aire y trayendo consigo cuanto habían aprendido de sus amigas.
La gente decía que sabían encender amores apagados o enfriar pasiones peligrosas. Con una hebra de cabello amarraban voluntades y, con una vela negra bien rezada, deshacían juramentos falsos. Si una casa estaba cargada de mala sombra, enterraban sal y ruda en la puerta y el aire volvía a serenarse.
También curaban el espanto de los guaguas, quitaban el mal de ojo y devolvían el sueño a los desvelados. Pero no toda ciencia era para bien: podían agriar la leche de una vecina envidiosa, secar una huerta entera o llamar granizo sobre los sembríos del enemigo.
Asimismo, se decía que conversaban con gatos negros que les avisaban desgracias y que guardaban en frascos lágrimas de viuda y polvo caído de campanas antiguas. Con eso preparaban ungüentos que daban fortuna o ruina.
Por eso, en Quito la gente hablaba de ellas en voz baja. Las madres amenazaban a los niños desobedientes diciendo que las brujas de San Roque vendrían por la noche a peinarles el alma. Los enamorados les temían y las buscaban al mismo tiempo. Los comerciantes juraban que podían vaciar una tienda con solo soplar hacia la puerta o llenarla de clientes si amanecían de buen humor. Hasta algunos sacerdotes, aunque lo negaran en público, preferían persignarse cuando escuchaban su nombre.
