Fuente oral: Ángel Rueda Encalada, Pedro Rueda Encalada
Recopilación: Dorys Rueda
Otavalo, 1980
 

De niña, escuché esta leyenda contada por mi padre, Ángel Rueda Encalada, y mi tío Pedro Rueda Encalada, quienes la compartieron con la familia, relatando una experiencia que le ocurrió a mi tío mientras conducía su camión lleno de mercadería hacia la ciudad de Mira. Años más tarde, ya en mi adultez, me reencontré con esta historia en una antología del escritor Abdón Ubidia.

Todo comenzó cuando, en uno de sus viajes, mi tío llegó a una posada para comer y pasar la noche. La joven que atendía era muy simpática y amable. Durante la conversación, mencionó que tenía un esposo, pero que él se demoraría en llegar. Hasta ese momento, todo parecía completamente normal. La muchacha charlaba de forma animada con un joven que también estaba allí y entre ambos parecía haber una conexión especial. Mi tío, ajeno a lo que estaba por suceder, asumió que solo eran amigos cercanos, sin imaginar lo que ocurriría después.

De repente, y de manera inesperada, el marido apareció. Los ojos de la joven se llenaron de pánico, y en un instante, sin tiempo para reaccionar, movió su dedo índice de arriba abajo, como si estuviera dando una orden. En cuestión de segundos, el joven que la acompañaba dejó de ser humano. Ante la atónita mirada de mi tío, la mujer lo transformó en un gallo, que se quedó quieto en un rincón, cacareando como si siempre hubiera sido un animal.

El esposo, tras una tranquila merienda en la que todos compartieron una sopa caliente acompañada de tostado, no pareció percatarse en ningún momento de la presencia del gallo que se movía inquieto en un rincón de la sala. El ave picoteaba distraídamente el suelo, mientras mi tío, observando la escena, no podía dejar de preguntarse si todo aquello era real. Lo que más le sorprendía era la actitud de la joven: no mostraba ni el más mínimo signo de nerviosismo. Estaba completamente relajada, disfrutando de la charla con su marido y participando de la comida como si nada extraordinario hubiera ocurrido.

Mientras el esposo conversaba animadamente, la joven le sonreía con naturalidad, sirviéndonos más sopa y tostado, como si la transformación del joven en gallo hubiera sido parte de la rutina diaria. Mi tío, por su parte, apenas podía mantener la compostura, tratando de no revelar su inquietud ante lo que había presenciado. La tensión interna lo carcomía, pero intentaba no llamar la atención.

Cuando terminaron de merendar, el esposo se puso de pie y, estirándose, comentó que debía regresar a los terrenos para resguardar el ganado. Con una despedida tranquila, salió de la casa.

Apenas cruzó el umbral y se alejó, mi tío vio cómo el gallo, que minutos antes no era más que un animal inquieto, empezó a cambiar. De manera lenta pero innegable, las plumas desaparecieron y las extremidades del animal recuperaron su forma humana. El joven, como si nada hubiera sucedido, se levantó con naturalidad, como si el hechizo de la joven fuera parte de su vida cotidiana.

El miedo se apoderó rápidamente de mi tío. Sabía que lo que había presenciado no era algo común ni fácilmente explicable. Consciente de que estaba en peligro, decidió marcharse sin más demora. Su corazón latía con fuerza mientras cruzaba la puerta apresurado, con la única intención de alejarse de ese lugar tan extraño. Buscó refugio en otra casa cercana.

Esa noche, mientras trataba de conciliar el sueño, los recuerdos de lo vivido no dejaban de rondar su mente. No lograba apartar la imagen del joven convertido en gallo ni la calma inquietante de la muchacha. El cansancio finalmente lo venció, pero no por mucho tiempo. De pronto, se despertó sobresaltado, con una sensación de alarma que le recorría el cuerpo. Se levantó rápidamente y, al asomarse por la ventana, quedó paralizado por lo que vio.

Todo el pueblo de Mira parecía envuelto en llamas. Las casas, las calles, los árboles, todo ardía en un resplandor anaranjado que iluminaba la noche, pero lo más desconcertante era que el fuego no consumía nada. Ni las casas se derrumbaban, ni los objetos se quemaban. Era un incendio que, más que destruir, parecía danzar sobre el pueblo, como un espectáculo infernal que se negaba a obedecer las leyes de la naturaleza.

Fue entonces cuando mi tío recordó los rumores que siempre habían circulado sobre Mira. Decían que aquel lugar era frecuentado por brujos, personas que realizaban sus rituales en la quietud de la noche, invocando fuerzas desconocidas. Algunos hablaban de reuniones secretas, de pactos oscuros y de hechizos que podían manipular el mundo visible y lo que estaba viendo en ese momento era un claro ejemplo de ello.

Pasó el resto de la noche en vela, esperando ansiosamente el amanecer. Cuando finalmente la luz del sol comenzó a asomar en el horizonte, las llamas desaparecieron tan misteriosamente como habían surgido. Mira volvió a ser el tranquilo lugar que todos conocían,

Mi tío recogió sus pertenencias y se despidió discretamente del dueño de la casa. Al salir, un escalofrío le recorrió la espalda al recordar a la joven moviendo su dedo, al muchacho transformado en gallo y al pueblo envuelto en llamas. Todo lo que había presenciado parecía haberse quedado suspendido en el aire, como una advertencia imposible de ignorar.

 

 

 

Portada: https://www.vegaoo.es/sombreros/r-2186-brujas-brujos/sombrero-de-pico.html?type=category

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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