LEYENDA DE LOS NOMBRES

Augusto César Saltos

                                                              

                                                                                                El chimborazo

Por aquellos tiempos, ni el suelo donde se asentaba ese pueblo, ni el Cacique que lo gobernaba, peor, mucho peor la montaña nevada y distante que la veían al frente, tenían nombre alguno. Razón poderosa para que el Cacique y sus gobernados vinieran sintiendo desde antaño, esa necesidad imperante. El nombre les haría distinguir a los unos de los otros. Ya algunas veces se habían reunido en asamblea pública para ver de optar nombre alguno que corresponda, que interprete la belleza de sus campos, la amabilidad, altivez y dignidad de sus habitantes, lo saludable de su clima. Un nombre, otro nombre, muchos nombres, se habían sugerido. Ninguno les hubo parecido bien. Querían un nombre que agrade a la generalidad, que agrade a todos. La necesidad continuaba y habían llegado al extremo de solicitar al Cacique impetrara la intervención de Pachacámac para que ilumine el nombre a ponerse. Sólo Pachacámac podía dar el nombre que corresponda llevar con orgullo a un Cacique, a un pueblo, a una montaña de las características que nadie tenía en la tierra. En asamblea pública mismo, el Cacique ofreció invocar a su dios y protector. El nadie más que él lo iluminaría. Marcada esperanza tuvo de alcanzar el favor.

En esos días vino a llamar la atención de los gobernantes que en el juego de las noches con la bola de plata entre el cerro que tenía a la cabecera y la vieja montaña distante, casi toda la nieve de ésta se hallaba acumulada en la cima de aquél, en condiciones que su enorme volumen lo estaba haciendo hundir por su base, y el frío que pincipió a despedir era insoportable. Había peligro inminente para una conmoción terráquea que podía sucederse de un momento a otro. Alarmados concurrieron donde el Cacique y manifestaron sus temores. Este les pidió mantener serenidad y paciencia que Pachacámac arreglaría todo.

En el silencio de la noche le invocó no dos ni tres veces. Fue suficiente una vez. En esta sola vez le atendió haciéndolo caer en una especie de sopor que terminó en profundo sueño. Sueño tranquilo y reparador que ni el más leve rumor de la brisa llegó a interrumpirle. Entonces pudo ver que entre un gran manto de nubes brillante como el oro hizo su aparición Pachacámac, para decirle luego: “Pasada esta luna que no demorará un día, quedáis facultado, oh Gran Cacique para obrar como mejor os agrade a fin de encontrar los nombres que buscáis, lo propio que para conjurar los peligros que teme el pueblo. Yo estoy y estaré contigo en todo momento. Ya lo sabéis: el nombre tuyo llevaré este pueblo. El de la vieja montaña, lo encontraréis también”.

                                                              

                                                                                                                     Cantón Chimbo

El día anunciado se hizo presente con la aparición de un sol espectacularmente radiante. No había nubes en el cielo. La brisa se hallaba tranquila que, sólo desde la distancia o cerca, se dejaba escuchar el murmullo cantarino del correr   gua de ríos y riachuelos. El Cacique ordenó tocar la bocina convocando al pueblo a asamblea pública para el momento. Iba obrar Pachacámac. No bien estuve en su delante el pueblo cayó en nuevo sopor. Incorporándose enseguida. Levantó los brazos al cielo en dirección al sol. Los manejó como que trenzara algo, al mismo tiempo  que se expresaba así: “Gran Pachacámac: Como el rasu (nieve) es mío, para disponer de él yo chimbo (trenzo) los rayos del Inti”. Vieron de inmediato que un haz de rayos luminosos como un gran barreno de fuego penetrando hasta el fondo de la maza de hielo reducía a fragmentos más o menos grandes que aventados por un viento huracanado que se produjo en esos instantes, llevó a depositarlo en la cima de la montaña distante.

Viendo el pueblo, estupefacto, el portento que realizaba el gobernante prorrumpió a una sola voz: Gran Cacique, tú lo has dicho: “yo chimbo”.  Pues es nuestra voluntad: CHIMBO sea tu nombre: “Respondió él: Si así lo habéis convenido, sea también mi nombre el nombre de este suelo. Y si el rasu es mío, ningún otro mejor que el de CHIMBORAZO para el nombre que debe tener aquella vieja montaña”.

Todos de pie, levantando los brazos al cielo inclinando la cabeza hacia adelante, agradecieron a Pachacámac por este servicio más que les había dispensado.

 

Tradiciones y Leyendas, Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”, Núcleo de Bolívar, 1986.

 

Portada: Cortesía

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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