
El detective no investigaba milagros. Investigaba hechos.
Cuando le pidieron comprobar si la antigua casa de hacienda del Lago San Pablo existía realmente bajo el agua, aceptó con una sonrisa escéptica.
—Quiero saber si es historia o invento —le dijeron.
No mencionaron a Jesús ni los castigos divinos. Solo querían saber si hubo una casa.
Pero el detective ya conocía la leyenda: la del hacendado avaro que una noche cerró sus puertas a un mendigo y, para asegurarse de que no regresara, ordenó soltar a los perros. Lo que nunca supo —o nunca quiso saber— es que aquel hombre no era un indigente cualquiera. Decían que era Jesús, caminando bajo la lluvia para probar la caridad de aquella casa.
Esa misma noche el cielo se desgarró. La tormenta fue brutal. Al amanecer, la hacienda había desaparecido bajo el agua. Así nació el lago, según la memoria del pueblo.
El detective no creía en sentencias celestiales. Creía en archivos.
Revisó registros antiguos. Encontró referencias a una propiedad extensa en la zona, disputas por tierras, denuncias por abusos, diezmos cuestionados, cartas enviadas al párroco de la época. Un apellido repetido con insistencia y silencio.
También visitó la iglesia del pueblo. Consultó crónicas viejas, notas marginales en libros parroquiales. No encontró pruebas de apariciones ni juicios divinos, pero sí un registro breve: “Noche de tormenta inusual. Daños irreparables en la hacienda del señor…” El resto era ilegible.
Luego habló con la gente que vive alrededor del lago.
—Mi abuelo decía que cuando el lago baja, se ven piedras alineadas —comentó uno.
—No son piedras —dijo otro—. Son paredes.
El detective alquiló un equipo de exploración subacuática. Si había algo abajo, lo encontraría.
Entraron al lago temprano. Desde arriba, el agua parecía en calma, casi confiable. Pero a medida que avanzaban, observaron cómo la laguna estaba plagada de desechos. Por todo lado flotaban botellas y bolsas infladas de agua.—Eso no estaba antes —dijo el joven otavaleño—. Antes el lago era espejo.
El detective no respondió.
Sumergieron la cámara.
Al principio solo se veía lodo. Sedimento suspendido. Restos modernos atrapados en las corrientes. Basura que no pertenecía a ninguna época antigua.
Entonces apareció.
No una sombra imprecisa.
Un muro.
Recto. Deliberado. Con bloques ensamblados con precisión humana. No era roca natural. Se distinguía incluso una moldura, una línea tallada que el tiempo no había logrado borrar.
Movieron la cámara hacia la derecha.
Allí estaba: una puerta de piedra, inclinada pero intacta. Y frente a ella, atrapadas entre el marco y el barro, bolsas plásticas modernas.
El contraste era imposible de ignorar: la piedra resistiendo siglos; el plástico aferrado como una segunda condena.
El detective sintió algo que no era emoción, pero se parecía.
Siguieron avanzando: una columna caída, parte de un corredor, restos de lo que fue un patio central.
La casa dejó de parecer una simple historia.
Había algo allí abajo. Algo que no encajaba del todo con la naturaleza. Hundido, silencioso, persistente.
Esa noche redactó el informe.
“Se registraron estructuras subacuáticas cuya disposición sugiere intervención humana. No es posible determinar con certeza su origen ni confirmar que correspondan a la hacienda mencionada en la tradición local. Sin embargo, los hallazgos coinciden parcialmente con los relatos transmitidos en la zona”.
Hizo una pausa.
Miró por la ventana y vio los desechos acumulados en la orilla. Recordó, también, la puerta sumergida y las bolsas atrapadas en su marco.
Añadió:
“No existe evidencia científica que confirme un castigo divino en la formación del lago. Sin embargo, resulta evidente que el lago continúa siendo castigado”.
Dudó un instante antes de escribir la última línea.
“Esta vez no por la avaricia de un solo hombre, sino por la indiferencia de muchos y la pasividad de quienes tienen la responsabilidad de cuidar el lago. La contaminación no es una leyenda. Es un hecho documentado, un expediente abierto que sigue creciendo”.
Cerró el informe.
Entonces comprendió que ya no estaba investigando el pasado. Estaba dejando constancia del presente.
