En el antiguo Teatro Apolo, las jovencitas que asistían a la función nocturna vivían algo más que la emoción de la película.

Cuando la sala aún estaba a oscuras y la historia llegaba a su punto final, sentían golpecitos insistentes en los tobillos. No eran corrientes de aire ni nervios de estreno. Eran golpes claros, casi rítmicos. Al mirar de reojo, descubrían a un hombre diminuto, de sombrero grande y sonrisa burlona, sentado a su lado. Tan pequeño que apenas tocaba el suelo, pero con la seguridad de quien ha pagado todas las funciones desde 1920.

El miedo las dejaba inmóviles. Y cuando por fin se encendían las luces, el extraño desaparecía sin dejar rastro… salvo alguna leve marca en la piel y un recuerdo imposible de explicar en casa.

Las personas mayores aseguraban que el duende tenía debilidad por muchachas de ojos grandes y cabellos largos. Nadie supo nunca si las elegía por romanticismo, curiosidad o simple gusto por el drama.

Con el tiempo, el Teatro Apolo desapareció. Pero el duende no.
Dicen que no soportó quedarse sin pantalla y buscó otro cine en plena calle Bolívar, en Otavalo. Desde entonces es el espectador más fiel: nunca compra entrada, pero jamás falta a un estreno.

Algunos lo llaman el Duende Detective, porque siente verdadera devoción por el suspenso. Es fanático de Sherlock Holmes y de los misterios donde cada detalle importa. Se pasea por los pasillos con paso sigiloso, como si investigara un crimen entre las filas. Lleva una lupa diminuta —del tamaño de una tapa de botella— que levanta en las escenas clave, como revisando que el guion no tenga errores.

Cuando la trama se pone tensa, golpea suavemente la butaca del espectador más concentrado, como si susurrara:
—Vamos… que el culpable no se va a descubrir solo.

Si alguien adivina el final antes de tiempo, responde con un golpecito que suena a aplauso discreto. Si no, guarda el susto perfecto para el giro inesperado y disfruta viendo a toda la sala saltar mientras él se ríe por lo bajo.

Con los años también se volvió cinéfilo oscuro. Tiene debilidad por películas góticas y personajes excéntricos. Si la escena es brillante, acomoda el sombrero con solemnidad; si es predecible, suelta un suspiro que se confunde con el proyector.

Pero no todo es arte.
El duende también es gourmet.

Se roba el canguil con una destreza admirable: uno parpadea y el balde queda sospechosamente liviano. Los nachos pierden queso sin explicación científica y la Coca-Cola desciende sola, como evaporada por espíritus con sed.

Dicen que, con tantos “degustes culturales”, ha subido un poco de peso y que las butacas crujen más de lo habitual cuando se acomoda. Los empleados juran que, al terminar la función, quedan palomitas alineadas en perfecta fila, como un mapa secreto hacia la salida.

 

Dorys Rueda, Cuentos: Entre Leyendas y Sonrisas, 2026. 

 

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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