El Carbunco, un perro negro gigantesco, con ojos como brasas y un diamante encendido en la frente, solía ser el terror de los caminos solitarios en Otavalo. Bastaba su sombra para arrancar gritos y rezos apresurados.

Pero los tiempos cambiaron.
Ya nadie se persigna en los caminos. Ahora la gente camina con el celular en la mano, audífonos en los oídos y la mirada clavada en la pantalla. Pasan a su lado sin notarlo, como si un perro descomunal con un diamante en la frente fuera lo más normal del mundo. Y cuando intenta espantar, lo único que recoge son risas, selfies y comentarios como este:

—¡Qué perrito más raro! Parece de otro planeta… ¡y hasta tiene Wi-Fi propio!

Lo inadmisible ocurrió una noche. Un muchacho, sin pizca de respeto por la tradición, lo saludó con un:

—¡Buenas, perrito intergaláctico!

Y sin pedirle permiso, le encajó unas gafas de sol enormes que apenas lograban sostenerse en su hocico. Como si fuera poco, empezó a marcar el ritmo con palmas:

—¡Eso, eso, menea el diamante!

El Carbunco, aturdido, intentó rugir para imponer respeto, pero el muchacho creyó que era parte del show. Aplaudiendo, lo hizo mover las patas mientras lo grababa con el celular. Al día siguiente, el video circulaba por todas partes bajo un título infame: “Mister Can Diamante”.

El antiguo espanto de los caminos —el monstruo que hizo correr a generaciones enteras— regresó a su cueva con la cola entre las patas y el diamante opacado por la vergüenza.

Decidido a recuperar su prestigio, se inscribió en un curso online llamado “Cómo volver a dar miedo en tiempos modernos”. El temario era amplio y muy “actualizado”: desde “Cómo rugir con eco teatral sin lastimarse la garganta” hasta “Sustos con iluminación inteligente”.

Fue un alumno aplicado. Descargó una app de efectos especiales y la usó con entusiasmo, aunque más de una vez, en lugar de rugido, se activaba un timbre de puerta o un maullido de gato. Practicó la levitación con hilos invisibles —siempre terminaba enredado— y programó su diamante para cambiar de color desde el celular: rojo, verde, azul, fucsia.

Su módulo favorito fue el de “Entradas dramáticas”. Allí aprendió a usar humo con un vaporizador de fiesta.

Con todo su nuevo repertorio, eligió un callejón oscuro para demostrar que el terror todavía le pertenecía. Caminaba lento, con paso firme. El humo lo envolvía en espirales; el diamante parpadeaba en rojo y su rugido reverberaba como trueno.

Convencido de que ofrecía el espectáculo más espantoso de su vida, alzó la cabeza con solemnidad. En su imaginación veía a los caminantes huyendo despavoridos, soltando alaridos y dejando caer billeteras en la fuga.

Pero el callejón estaba vacío.
Ni un alma.
Solo el eco de su rugido electrónico y el olor dulzón a vainilla.

Cuando se disponía a repetir la escena, un haz de luz lo encandiló.

—¡Ajá, aquí estás! —tronó una voz ronca.

El Carbunco parpadeó, desconcertado. No era un campesino aterrado ni un viajero rezando a gritos. Era un guardia municipal, linterna en mano y chaleco reflectante que brillaba como estrella de feria.

—¿Sabes con quién hablas? —gruñó, inflando el pecho—. ¡Soy el terror de Otavalo, el monstruo de medianoche!

—¡Ajá! —rió el guardia—. Y yo soy Superman. Anda, súbete, “perrito”.

Como si tratara con un cachorro, le tendió una salchicha en señal de paz.

El Carbunco quiso resistirse, mostrar dignidad ancestral, pero el olor era demasiado tentador. Dio un mordisco y, sin darse cuenta, ya estaba dentro de la camioneta municipal, camino a la perrera.

Allí lo recibieron como a un héroe extraviado. Lo sentaron frente a una tela blanca para la foto de adopción y, cuando disparó la cámara, el destello hizo que su diamante brillara como faro en tormenta.

—¡Perfecto! —exclamó la auxiliar—. Ya tiene nombre: Flashito.

Lanzó un rugido de protesta que en otro tiempo habría helado la sangre, pero en la perrera apenas provocó un comentario enternecido:

—Miren qué simpático, hasta sabe “hablar”.

Sus reclamos quedaron sepultados cuando le pusieron delante un plato rebosante de croquetas sabor a tocino. Probó una, luego otra… y cuando quiso darse cuenta, no quedaba ni una migaja. El monstruo de las montañas se había rendido, no ante un exorcismo ni una plegaria, sino ante el crujido irresistible de unas croquetas.

Fue el inicio de su nueva vida.

Flashito se volvió celebridad en la perrera municipal. Su foto —con el diamante brillando como un faro— circuló tanto que pronto llegaron visitantes no solo de Otavalo, sino también de Cotacachi, Ibarra y hasta Quito. Familias enteras hacían fila para conocerlo, como si fuera artista en gira.

—¡Mamá, ese es el perrito del diamante! —gritaban los niños, con los ojos abiertos como platos.

—A ver, sonrían junto a él —decían los padres, procurando no tapar el resplandor de su frente.

Los voluntarios vivían en disputa constante.

—Hoy me toca a mí sacarlo a pasear —decía uno, solemne.

—¡Imposible! Yo ya lo anoté en el cuaderno —respondía otro, jalando la correa.

—Entonces vamos los tres, pero que decida Flashito —propuso una tercera, mientras el antiguo espanto movía la cola, satisfecho.

Algunos lo paseaban con gafas oscuras y pañuelo al cuello, como estrella pop saludando desde la vereda. El que antes infundía terror con un gruñido ahora se acostumbraba a los halagos y a posar con paciencia. Su oficio ya no era asustar, sino brillar.

Y cuando parecía que nada podía sorprenderlo más, llegó el día insólito: un acto con globos y aplausos donde le presentaron formalmente a su “novia”, una perrita mestiza de orejas enormes y lazo rosado.

Por primera vez en siglos, no pensó en rugir.
Se dejó querer.

Entonces ocurrió lo inesperado: la mismísima alcaldesa del ilustre municipio de Otavalo firmó un decreto que lo declaraba “habitante eterno de la perrera municipal”, con derecho vitalicio a croquetas, paseos y vida de hogar junto a su compañera.

Desde ese día, todos comprendieron que el antiguo señor de la medianoche ya no era un monstruo de caminos, sino parte entrañable de la memoria colectiva.

Convertido en símbolo de la ciudad, aceptó su destino con la dignidad de quien sabe reinventarse. Ya no arrancaba rezos ni provocaba gritos, pero cosechaba caricias, aplausos y fotografías familiares.

Y mientras su diamante seguía brillando en la frente —ya no como amenaza, sino como emblema— recordaba que las leyendas no mueren: solo cambian de forma para seguir haciendo historia.

 
 
 

 

Dorys Rueda, Cuentos: Entre Leyendas y Sonrisas,  2026

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  • homeLa autora Dorys Rueda, 13 de Febrero del 2013.
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  • mapOtavalo, Ecuador, 1961.

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