
La espera ha cambiado de ritmo.
Antes uno esperaba otras cosas: la carta que tardaba días en llegar, el sonido del teléfono fijo en mitad de la tarde, la visita que aparecía sin anunciarse y terminaba quedándose a conversar durante horas. Había más lentitud en esos tiempos. Incluso la impaciencia parecía avanzar con calma.
Hoy esperamos distinto.
Esperamos que aparezcan los dos vistos azules.
Esperamos que alguien responda un mensaje enviado hace tres minutos como si hubieran pasado tres horas.
Esperamos una notificación.
Un correo.
Una llamada.
Una confirmación.
Y, mientras esperamos, hacemos otra cosa.
Miramos otra pantalla.
Abrimos otra aplicación.
Volvemos a revisar lo mismo, aunque sepamos que nada nuevo ha ocurrido.
La espera ya no se vive quieta.
Se sobrevive moviendo los dedos.
A veces creo que nos cuesta esperar porque el silencio que aparece entre una respuesta y otra nos deja demasiado cerca de nosotros mismos.
Por eso llenamos todo.
El tiempo.
La mesa.
La mente.
El trayecto corto en bus.
La fila del banco.
Incluso el ascensor.
Necesitamos que algo suene, vibre o aparezca.
Pero hay esperas que ninguna velocidad consigue evitar.
Esperar que alguien sane.
Esperar resultados médicos.
Esperar noticias a medianoche.
Esperar que el dolor pase.
Esperar que regrese quien se fue molesto.
Ahí entendemos algo incómodo:
la vida no se mueve a nuestra velocidad.
Hay cosas que toman tiempo.
El duelo.
La calma.
Ciertas respuestas.
Algunas conversaciones.
Y quizá crecer también consista en eso:
aprender que algunas cosas importantes no llegan rápido, pero, cuando llegan, permanecen.
Dorys Rueda, Reflexiones, Volumen 3, obra inédita, 2026.
