
Hay una valentía de la que casi no se habla.
No porque no exista, sino porque no se ve.
No es la valentía de los gestos grandes ni de las conquistas. No es la que se aplaude. Es otra. Una que pasa desapercibida. La que aparece cuando alguien se queda a solas consigo mismo y no sale corriendo.
Vivimos rodeados de máscaras. Nos acostumbramos pronto a usarlas. A mostrar lo que funciona, lo que no incomoda, lo que encaja. Y, sin darnos cuenta, empezamos a escondernos incluso de nosotros.
Tal vez ser valientes tenga más que ver con animarse a entrar que con salir a enfrentar algo. Con mirar lo que hay adentro, aunque no sea claro, aunque no sea bonito, aunque no sepamos bien qué hacer con eso.
Conocerse no es un logro. Es un intento. A veces sale. A veces no. Hay días en los que creemos entendernos y otros en los que volvemos a estar perdidos. Y está bien. No hay un punto de llegada. Solo acercamientos.
Aceptarse tampoco es rendirse. Es dejar de pelear todo el tiempo con lo que uno es. Reconocer errores, límites, contradicciones. No para quedarse ahí, sino para poder moverse desde un lugar más honesto.
Pienso en un pintor antes de empezar una obra. No parte de cero. Llega con dudas, con miedos, con una mirada que todavía no sabe cómo decirse. El lienzo no le exige perfección. Solo presencia. Algo parecido pasa cuando dejamos de exigirnos tanto y empezamos a escucharnos.
La fortaleza emocional va por ese mismo camino. No es no caer. Es caer y seguir. Es atravesar lo que duele sin convertirlo en sentencia. Entender que una caída no define una vida, ni un error define a una persona.
A veces se aprende como aprende un artista cuando algo no sale. Se borra. Se insiste. Se empieza de nuevo. No porque todo vaya a mejorar, sino porque todavía hay algo que quiere seguir.
Eso también es valentía. No la que se nota. La que se sostiene.
Al final, no hay grandes conclusiones. Solo decisiones pequeñas. Mirarse un poco más de frente. No huir tan rápido. Seguir, incluso cuando el pulso tiembla.
Como una obra que nunca termina del todo, seguimos ajustando el trazo. A veces con torpeza, a veces con aciertos. Tal vez vivir sea eso: quedarse, aun sin certezas, siendo lo más fiel posible a lo que uno es.
Dorys Rueda, Reflexiones, Volumen 2, 2026.
