
Fue un sábado por la noche, mientras en el parque todavía quedaban luces encendidas, cuando apareció la palabra.
No en todas las pantallas del mundo. En las nuestras. En los celulares del barrio, en la computadora del cyber de la esquina, en la tablet del colegio.
En la esquina superior derecha se leía una palabra pequeña, casi tímida: Editar.
Al principio nadie le prestó atención. Pensaron que era una actualización más. Pero el hijo de la señora Carmen fue el primero en tocarla. Descubrió que no cambiaba una publicación: cambiaba lo que había pasado.
Borró una pelea con su mejor amigo. De pronto, nunca se habían insultado.
La señora Carmen eliminó el día en que gritó más de la cuenta.
El dueño del local quitó una deuda vieja que llevaba meses sin pagar.
Un muchacho borró el accidente en la motocicleta.
Alguien más eliminó una despedida que todavía dolía.
Y todo siguió como si así hubiera sido siempre.
Al principio fue un descanso. El parque se sentía más tranquilo. Las palabras duras desaparecían y los errores dejaban de pesar. Pero no tardó en notarse algo raro.
Lo que uno corregía, otro lo volvía a cambiar.
Había discusiones que regresaban distintas; calles que algunos juraban que antes se llamaban de otro modo; personas que aseguraban haber estado en lugares donde nunca habían estado. Las fotos ya no coincidían con los recuerdos y las historias dependían de quién hubiera tocado el botón.
Y poco a poco empezó a pasar algo más silencioso.
La gente comenzó a hablar sin medir tanto las palabras. Si algo dolía, se cambiaba después. Total, para eso estaba el botón.
Ya nadie quería cargar con lo que hacía; era más fácil editarlo luego.
El botón dejó de ser novedad y se volvió costumbre. Hasta que un día, en medio de una conversación cualquiera, alguien preguntó:
—¿Y si lo que estoy recordando tampoco pasó así?
Nos miramos y por primera vez dudamos de nuestra propia versión.
