La leyenda en estado puro

 

Antes de convertirse en texto, la leyenda fue voz: no nació para explicarse, sino para contarse en voz baja y repetirse hasta volverse parte de quien la escucha. No demuestra, insinúa; su fuerza no está en lo que aclara, sino en lo que deja abierto. Habita lugares concretos y aparece bajo ciertas condiciones, como si obedeciera reglas no escritas. En ella siempre hay algo que desborda lo cotidiano, una presencia que no se deja ver del todo. Cambia en cada voz, pero conserva un núcleo que persiste: no la historia exacta, sino la sensación que deja. Por eso no termina cuando se cuenta; continúa en quien la oye y desde allí inicia sus tránsitos.

 

El espíritu atormentado

Leyenda de Imbabura

 

 

Esta historia me la contó mi padre, Ángel Rueda Encala, en 1990. Y, hasta ahora, cada vez que paso por ese lugar, la recuerdo.

La gente de Otavalo comentaba que en la piscina “El Neptuno” había una presencia rara. No era algo que uno pudiera ver así, sino más bien una presencia que permanecía en los vestuarios.

Los más jóvenes contaban que, al cambiarse, escuchaban como si alguien estuviera nadando cuando la piscina estaba vacía. Se oían las brazadas y el agua moviéndose en medio del silencio, y eso producía gran terror.

Otros decían que no era solo el sonido; también se sentía como si alguien los estuviera mirando desde la oscuridad, como si hubiera unos ojos que no se veían.

Había otros muchachos, en tanto, que aseguraban —y lo repetían bastante— que veían cómo unas sombras se deslizaban por las paredes y, antes de verlas, les recorría un frío por la espalda.

Todo sucedió hace muchos años, en el tiempo en que la piscina era un centro de diversión. Acudían a este lugar las familias otavaleñas a disfrutar de la alberca. Y, en la noche, había música y baile en la pista.

En una de esas noches de algarabía, cuenta la gente de Otavalo, un muchacho —que nadaba bien, pero era medio impulsivo— había tomado bastante y quiso lucirse para impresionar a los amigos y, sobre todo, a su enamorada, que estaba ahí mirándolo. Se lanzó al agua, pero no salió. Sus amigos, pensando que bromeaba, esperaron unos segundos. Al ver que algo malo ocurría, se metieron al agua para sacarlo. Pero era muy tarde: el muchacho había fallecido, por el alcohol y por su imprudencia.

Hasta hoy se cuenta que, cuando alguien pasa por los vestuarios, siente un frío que le recorre la espalda y escucha el agua moverse, aunque no haya nadie.

 

Leyenda en tránsito

 

Toda leyenda admite múltiples formas de decirse, y en cada una revela un matiz distinto sin perder su esencia. Puede pasar del relato oral a la poesía, al diario, a la crónica, al diálogo o a los fragmentos, cambiando de voz, de ritmo y de enfoque. En ese movimiento, la historia no se reemplaza: se expande. Lo que varía es la manera en que se percibe; lo que permanece es su núcleo —el misterio, la presencia, la sensación que deja—. Así, la leyenda sigue viva, porque encuentra nuevas formas de ser contada y de ser sentida.

 

La leyenda del «Espíritu atormentado» como poesía

 

 

La leyenda, al desplazarse hacia la poesía, se vuelve imagen y ritmo; deja de narrarse para sugerirse. Ya no avanza como historia, sino como percepción: aparece en destellos, fragmentos y palabras que no explican, sino que hacen sentir. El tiempo se suspende y la escena se reduce a lo esencial —un gesto, una presencia, un instante cargado—, mientras el lenguaje se vuelve más preciso y, al mismo tiempo, más abierto. La poesía no aclara la leyenda, la intensifica; la transforma en una experiencia sensorial que se escucha, se respira y se intuye. Lo que antes era relato se vuelve atmósfera, y en ese desplazamiento el misterio no desaparece: se concentra.

 

Nadie nada

y el agua se mueve.

 

No hay cuerpos

pero las brazadas

insisten.

 

El eco golpea

las paredes húmedas

como si alguien

no aprendiera a irse.

 

En los vestuarios

la ropa espera

a un dueño

que no regresa.

 

Alguien mira.

No se ve,

pero pesa.

 

Un frío recorre la espalda

sin permiso,

como una mano

que no toca

y, sin embargo,

queda.

 

Dicen que fue un salto,

una noche encendida,

una risa que no midió

la profundidad.

 

Ahora

el agua recuerda por él.

 

Y cada noche

vuelve.

Sin salir.

 

 

La leyenda del «Espíritu atormentado» como diario

 

La leyenda puede encontrar forma en el diario cuando deja de ser contada por muchos y pasa a ser vivida por uno. La voz colectiva se vuelve íntima, escribe sin distancia ni certeza, sin intentar explicar del todo. El diario no organiza la historia: la registra en fragmentos, a veces confusos, como ocurre con lo que no se comprende mientras sucede. Así, la leyenda deja de ser un relato heredado y se convierte en una irrupción en la vida cotidiana, donde lo extraordinario no se anuncia, se descubre. El misterio no desaparece; se acerca, y lo que antes era advertencia se vuelve vivencia.

 

Viernes, 10:40 p. m.

No sé por qué acepté ir. Dijeron que la piscina estaba abierta, aunque ya era tarde. Pensé que exageraban, como siempre.

10:55 p. m.

Los vestuarios están vacíos. Demasiado. El eco suena raro, como si rebotara en algo más que paredes.

11:02 p. m.

Escuché agua.
No es un goteo.
Es alguien nadando.

Salí a mirar. No hay nadie.

11:05 p. m.

Volví a entrar. No sé por qué.
Siento que alguien está aquí.

No lo veo, pero… se siente.

11:07 p. m.

Otra vez el agua.
Más fuerte.

Como si alguien estuviera cruzando la piscina de un lado a otro.

11:09 p. m.

No debería escribir esto, pero acabo de sentir algo detrás de mí.

No fue aire.
Fue… como si alguien pasara muy cerca.

11:10 p. m.

Me voy.

11:18 p. m.

Ya estoy afuera, pero sigo escuchando el agua en la cabeza.

No creo que vuelva.

 

La leyenda del «Espíritu atormentado» como crónica

 

«El espíritu atormentado», al tomar forma de crónica, se desplaza hacia lo narrado por otros: deja de pertenecer a una sola voz y aparece en testimonios, versiones y dudas. Lo extraordinario se mezcla con lo cotidiano, como si pudiera explicarse, aunque nunca del todo. En ese cruce de relatos, la leyenda se vuelve más cercana y, al mismo tiempo, más incierta; el misterio no desaparece, solo cambia de lugar: ya no está solo en lo que ocurre, sino en la forma en que es contado.

Veamos cómo la leyenda de El espíritu encadenado encuentra forma en una crónica:

 

Habitantes de Otavalo recuerdan que, durante años, la piscina “El Neptuno” fue uno de los lugares más concurridos de la ciudad. Sin embargo, también coinciden en que, al caer la noche, el ambiente cambiaba.

“No es que pasara algo siempre”, comenta un ex trabajador del lugar, “pero había días en que nadie quería quedarse en los vestuarios después de cierta hora”.

Algunos visitantes aseguran que, mientras se cambiaban, escuchaban el sonido de alguien nadando, aunque la piscina estuviera completamente vacía. “Se oían las brazadas, claras, como si alguien estuviera cruzando de un lado a otro”, relata una mujer que frecuentaba el sitio en su juventud. “Uno salía a ver… y no había nadie”.

Otros mencionan una sensación difícil de explicar. “Era como si alguien estuviera ahí”, dice otro testimonio. “No lo veías, pero sabías que no estabas solo”.

La historia suele vincularse con un hecho ocurrido años atrás, durante un baile en honor a la Reina del Yamor. Según cuentan, un joven, conocido por su habilidad para nadar, decidió lanzarse a la piscina después de haber bebido. Lo que comenzó como un acto para impresionar terminó en tragedia: el muchacho no logró salir del agua.

“Desde entonces cambió todo”, asegura un vecino. “Antes era solo una piscina. Después… ya no”.

Aunque el lugar volvió a abrir y las familias regresaron con el tiempo, no faltaron quienes afirmaban escuchar, en noches silenciosas, un chapoteo persistente en el agua inmóvil.

Las autoridades nunca confirmaron ningún hecho fuera de lo común.

En el barrio, en cambio, la recomendación sigue siendo la misma: evitar quedarse solo en los vestuarios cuando cae la noche.

 

Dorys Rueda, Leyenda en tránsito, obra inédita, 2026.

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