
A la redacción de Ecuavisa, en Quito, llegó un sobre sin remitente. No tenía estampillas ni dirección clara, solo una frase escrita con letra elegante: “Para lectura en horario estelar”.
Esa noche, entre un informe económico, un escándalo político y el estado del tiempo, la presentadora abrió el sobre con una mezcla de curiosidad y prudencia.
La carta decía:
“Señores del noticiero:
Agradezco el espacio. No acostumbro a dirigirme a los medios, pero considerando la frecuencia con la que mi nombre aparece en titulares, entrevistas y discursos indignados, considero necesario ejercer mi derecho a réplica.
Comenzaré aclarando ciertos rumores.
No asesoro campañas políticas. Si algún candidato promete acabar con la corrupción, bajar impuestos, mejorar carreteras, resolver la inseguridad y alcanzar la felicidad nacional antes del próximo feriado, les aseguro que ni yo me atrevería a tanto.
Tampoco tuve participación en ciertos contratos inflados, concursos misteriosamente ganados o fondos públicos que desaparecieron con una velocidad casi sobrenatural.
Si alguien aparece diciendo ‘yo no sabía nada’ mientras los billetes aparecen misteriosamente donde deberían estar los archivos, les aseguro que actúa por iniciativa propia.
Y sobre ciertos audios filtrados donde todos hablan con absoluta tranquilidad de cosas que jamás deberían decirse en voz alta… debo admitir que hasta en el infierno manejamos niveles más altos de discreción.
También quiero deslindarme de ciertas discusiones familiares nacidas en redes sociales, de algunos programas de televisión donde todos aseguran estar teniendo un debate serio y de esos espacios de farándula donde se critica a medio mundo con una tranquilidad verdaderamente admirable.
Debo admitir, además, que extraño un poco las viejas épocas.
Antes había velas, rituales, oscuridad y cierto respeto por el oficio. La gente al menos dudaba antes de entregar el alma.
Ahora se aceptan términos y condiciones que nadie leyó.
Todo ocurre frente a una pantalla encendida.
Antes las personas vendían el alma por poder, riqueza o juventud eterna.
Hoy algunos la entregan por seguidores, polémicas semanales y una selfie melancólica acompañada de una frase sobre amor propio.
Y aun así, cuando todo termina mal, vuelven a mencionarme a mí.
Créame, señores del noticiero: nunca me resultó tan fácil quedar desempleado.
Con consideración profesional,
El Diablo”.
Al terminar la lectura, en el estudio se produjo un silencio apenas más largo de lo habitual, ese segundo incómodo que no estaba previsto en el guion.
La presentadora acomodó los papeles.
Carraspeó.
Nadie dijo nada.
Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.
