
Fue en uno de esos viajes que hacía llevando mercadería para el lado del Carchi. Ya estaba anocheciendo cuando decidió parar en un albergue de Mira para comer algo caliente y descansar un poco.
La primera bruja con la que se encontró fue una muchacha que atendía allí. La joven mantenía una relación amorosa con otro hombre, a espaldas de su marido. En el momento en que este apareció de improviso, ella levantó apenas el dedo índice, de arriba hacia abajo, y el muchacho se convirtió en gallo delante de todos.
Mi tío se quedó mirando la escena sin saber qué pensar. La muchacha seguía sirviendo la comida a su esposo como si no hubiera ocurrido nada extraño hacía apenas unos minutos. Los dos conversaban de cualquier cosa; incluso se reían por momentos, mientras el gallo caminaba cerca de la mesa, intranquilo.
Cuando el hombre terminó de cenar, se levantó con rapidez. Comentó que todavía debía revisar el ganado y salió apresurado.
La puerta apenas se cerró cuando el ambiente cambió.
El gallo dejó de moverse y se quedó quieto en medio de la habitación. Después comenzó a transformarse lentamente. Las plumas desaparecieron, las patas se alargaron y, poco a poco, el cuerpo volvió a ser el de un hombre. Se acomodó la ropa con calma, mientras la joven ni siquiera lo miró.
Eso fue lo que terminó de asustar a mi tío, quien salió del albergue casi a toda prisa hasta encontrar una casa cercana donde pidió posada para pasar la noche.
Más tarde, ya acostado, intentó convencerse de que quizá el cansancio le había hecho ver cosas.
Tardó mucho en quedarse dormido.
Y cuando por fin lo consiguió, despertó de golpe en plena madrugada. Se levantó confundido y caminó hacia la ventana. Entonces vio algo que jamás olvidaría.
El pueblo de Mira estaba cubierto de fuego.
Las llamas se extendían por las calles, los techos y los árboles, iluminando el pueblo con una luz extraña. Pero lo raro era que no había humo, ni gritos ni destrucción. Simplemente, el fuego se movía lentamente sobre el pueblo, como si estuviera vivo.
Mi tío sintió un miedo profundo y, en ese preciso momento, recordó lo que había escuchado desde joven sobre Mira: que era tierra de brujos, que allí se hacían rituales y reuniones extrañas, cosas que la gente prefería no mencionar.
Esperó sentado hasta que amaneciera. Y cuando el sol empezó a salir, las llamas fueron desapareciendo poco a poco hasta que no quedó rastro de ellas.
Mi tío, entonces, tomó sus cosas y se marchó sin despedirse de nadie.
